Planicie nevada
22 de mayo de 2012
Utopía
te encontré entre el griterío,
entre el frío, los efluvios
y las calles como ríos.
Se hundía la ciudad gris
de un sueño y ningún país.
Capitana de aquel barco
condenado a naufragar,
querías ser charco en el charco,
caracola de la mar.
Qué pensamiento rotundo,
querer ver el fin del mundo.
Como todos, yo escapaba
a un rascacielos o un monte,
y fue tu rostro una traba,
¿qué tendría el horizonte
que debió de congelarte?
¿Cómo no intentar salvarte?
Pero entonces ocurrió:
me clavaste las pupilas
y me dijeron que no.
Dos témpanos o dos lilas,
fui Abel y ellas Caín.
Qué sombría naturaleza,
qué maldita la belleza
y prematuro este fin.
No llegaron a mi oído
las palabras que se ahogaron,
ni hallé caminos perdidos,
u hogares que se soñaron.
Siguieron en pie los muros,
seguía en blanco el futuro.
Aún después de aquel día,
sólo quedó la promesa
de los hijos que vendrían,
que la Historia sigue ilesa:
le dio muerte quien la fragua,
siempre renace del agua.
Y seguirán como ciegos,
perdido el norte y sin faros,
quemados por este fuego
hasta que encuentren un claro
en el bosque del error,
que es aquello que has negado
a quien quedó en el pasado:
acaso un destino mejor.
Seguiremos como ciegos,
sin camino ni otro amparo
que el de la suerte y su juego,
siempre libres sin reparos
en esta selva sombría,
a solas con nuestro empeño,
donde nos sobran los sueños
porque falta la utopía.
15 de mayo de 2012
Huracán
gatos de Dinamarca le robarán la lana.
Por eso lo verás apostado en su ventana,
entreviendo en el tejado intenciones malsanas.
Con el rostro dibujado en el vaho del cristal,
la niña zahorí, de poder sobrenatural,
sabe por radiestesia que no le irá tan mal
si accede a subir a dos bricks de leche el jornal.
Ser o no ser, Hamlet hoy no está contento.
va a saltar levante, va a cambiar el viento.
La joven porteña acude a clase en bicicleta,
donde Jack Kerouac le muestra mágicos cometas,
y va con párvulos de excursión a coger setas
a Nunca Jamás, donde se citan los poetas.
La Guardia Civil los toma por representantes
de un peligroso sueño propio de maleantes,
y las vagas consignas de idealistas farsantes
se queman con Bruno en una plaza llameante.
Roma arde y clama ante Nerón el sargento:
"no se extinguen las llamas con tanto viento".
Mientras, Marie Curie se relaja en su bañera
sabiéndose una mártir de la fe verdadera.
Que la salud sólo es para abultadas carteras,
y la promesa que le hizo a la parca es sincera.
Ya está ciega, y el mundo está enfermo de ceguera,
"Es muss sein", se oye en una radio de madera,
elegía en la Sorbona, llanto de plañidera,
porque ha ido a tocar el agua la sombra postrera.
El péndulo de Foucault ya se mueve con su aliento,
la bala de un fusil atraviesa el viento.
Janis Joplin me clava sus dos miedos vidriosos,
navego en las sienes que no encontrarán reposo;
cazar las hormigas que sus labios han llorado
es lamer la savia de un retoño lastimado.
Ella es el niño perdido que agarra mis manos,
puerta entreabierta entornada con luz de verano,
un poso de café que promete amor en vano,
con un ala rota, tiene por cielo un piano.
Ha venido a pedirme que me quede un momento,
a verla volar como una hoja seca en el viento.
11 de mayo de 2012
Resistencia pasiva y democracia
10 de mayo de 2012
Manifiesto determinista
30 de abril de 2012
20 de febrero de 2012
8 de febrero de 2012
como al hijo pródigo que regresa
para traer su mentira inconfesa,
su bello antifaz de sonrisa falsa.
Mañana una promesa es desengaño,
y al ayer nunca debieras volver;
no hay jueces que nos puedan absolver
de hacer a la vida esperar un año,
ni cuerpo ha nacido aún que lo aguante,
ni arderá la juventud en tal día.
Tú estás donde será, yo donde era antes,
vivimos en la misma fantasía.
Busco detrás y tú buscas delante,
a la larga tu rostro encontraría.
23 de enero de 2012
12 de enero de 2012
Mamihlapinatapai
despertando de súbito en la aurora;
cuando en tus aguas se va desvistiendo,
impúdica y tácita,
la sirena que orienta al extraviado,
este viento que nos mueve a deshora,
esta idea que nos está consumiendo.
Me miras como me mira un abismo,
y leyendo en mis ojos la batalla,
me conduces por tiempos que aún no existen,
sintiéndolo al vértigo
morir de sed encerrado en sí mismo.
Entonces tiembla el estanque y se calla,
nos alejamos, y el alba es más triste.
3 de diciembre de 2011
15 de noviembre de 2011
Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda; acaso sobre nuestra piel, dejando marcas que tan sólo la muerte habrá de borrar, como al resto de nuestro cuerpo. Hay una cosa que está en todos nosotros, una flecha que sólo se dirige hacia delante y que nos atraviesa el pecho cuando volvemos la mirada hacia detrás, hacia el pasado, hacia una estación que se va alejando rápidamente mientras somos llevados por un tren vertiginoso al que no quisimos subirnos. Nosotros preferíamos quedarnos en la estación, en esos lugares donde habíamos enloquecido, donde el mundo era estable o al menos cíclico, donde los días se tejían con algún material precioso que debió de evaporarse sin remedio, donde la juventud bullía y nos sentíamos exultantes y llenos de inocente júbilo, donde imaginábamos todas las diferentes vidas que eran aún posibles, e ingenuos hacíamos planes para un futuro que no llegaría o que sería demasiado diferente de como habíamos aventurado; donde la niñez era un cuento recién relatado y la edad adulta una promesa por cumplir, o la tierra donde mana leche y miel; donde, en fin, aún teníamos expectativas y sueños a la espera de recibirnos mañana.
22 de octubre de 2011
14 de octubre de 2011
11 de septiembre de 2011
Entre el día y la noche
qué hay en ti de atardecer,
cómo eres playa y mujer,
esa culpable presunta
de herir a un sol que se ayunta
con este mar de cristal,
sol tan ávido de umbral
que, con su último temblor,
se convierte en el pintor
de esta tarde en el final.
Blanca la mano que mece
las aguas de la ceniza
donde este sol agoniza,
donde ante ti comparece,
helado como otras veces
por tu corazón de nieve,
corazón blanco y tan leve
que una sola palabra mía
pronunciada lo mancharía:
calle mi boca si debe.
Rojo allí en esa frontera
derramada y confundida
entre la noche y la vida,
entre el día y "la postrera...",
La esperanza traicionera,
ni cobarde ni valiente,
ocurre que a veces miente:
no es sino un oscurecer
disfrazado de tu ser,
que nos aguarda impaciente.
Dorado quebrando el cielo,
estallido cegador,
abriga el viento un candor
en su presuroso vuelo,
y así embriaga todo anhelo.
Esta vida es un momento,
todo es efímero y siento
que todo debe cesar,
el techo se ha de voltear,
se apague el astro y el aliento.
Azul como este nadar
entre sueños encallados,
murmullos de mi costado
que el agua habrá de callar
para que oiga ecos de mar,
las voces del vasto vacío
cuyo cuerpo ahora uno al mío.
Nada soy si no es en ti,
nunca en vida distinguí
río en mar, ni lluvia en el río.
Yo tan día, tú tan ocaso,
tú mi mar y mi deceso,
descansen allí mis huesos
en este horizonte raso,
hallen luz, tu paz acaso,
que vendrá la noche luego
para que vuelva aquel juego
en que contabas estrellas,
yo ya insomne y tú tan bella,
mi dolor, mi aire, mi apego.
No despertará otro día
en esta noche por densa,
me cubrirá tan extensa
como el mar que la traía.
No entrarán por celosías
ni blanco, rojo o dorado
ni azul, los ojos cerrados.
Te encontré y ya no te vi,
y te abracé y me extinguí,
y fui sombra y fui pasado.
31 de agosto de 2011
Sobre la filosofía
23 de agosto de 2011
buscando terco en el silencio un alarido.
Bajo la mirada torva de cien mil lunas
perseguí la albura infantil de los esteros,
hallé entre chamizos de un roble malherido
gélidos fuegos que no emiten luz alguna.
Hundí mis brazos en océanos de piedra,
volé en las cumbres de rodillas en el suelo,
viví en las sentinas con máscaras sin nombre,
amarré un cometa con maromas de hiedra.
Afuera aullaban teléfonos sin consuelo,
dentro el desagüe engullía el suero de un hombre.
Vi llover desde el balcón de un templo en el cielo,
y a grullas de papel volar desde unos labios
para quemarse en el rubor del horizonte.
Seguí los pies descalzos que hollaron el hielo,
y las sendas de la tez cetrina de un sabio,
que son como arroyos de ceniza en los montes.
He despertado en el sepelio de los astros,
sobre un universo en que ha caído el telón,
para bajar al valle ya sin más cadenas,
para unirme a la procesión que escucha el rastro
de la risa de un payaso ante el paredón;
para hundir mis dedos en cabellos de trena,
besar el agua tibia que la playa llora,
clavar en la lengua la espina que ha brotado
en el crisol que me espera al amanecer,
como espera al viajero la tierra que añora.
Voy al encuentro de mis días aplazados,
voy a laberintos que están por recorrer.
18 de agosto de 2011
Sueño número 8030
17 de agosto de 2011
si la cuerda que te abraza es vencida,
píntame una estela.
Si sigues al viento, barco de vela.
Pintame una estela, si ahora te borras,
para que así me oriente y la recorra.
O prende una hoguera,
si ahora te borras, si no me esperas.
Prende una hoguera, pero no me quemes
el cuerpo, haciendo lo que el alma teme.
Si vas con el viento
como arena, barco, fuego y aliento.
No temas a las sombras
si el aire te lleva como a una leve cometa,
si vas con tu cola de luz a alumbrar los planetas,
que mi sangre riega el suelo y la noche se agrieta,
que liberadas de sus cárceles ya vuelan
mis alas, detrás de tu estela.
15 de agosto de 2011
cuando duermen en el lecho de tus pupilas,
y una llave de plata perdida en la sima
que se abre en los yermos páramos de mi tiempo.
También raíces que clavan mis manos
a un madero en cruz que se dibuja en tu vientre,
y una sonrisa de Cheshire en las paredes
del ataúd con los otoños que he olvidado.
Faros que no me alumbraron tu orilla
proyectan una sombra en el mar aledaño,
donde en su bote de poesía va a la deriva
la voz que se apaga contra un viento salado,
la palabra que late en la insidiosa herida:
el verso que cual grito ha de morir ahogado.
24 de junio de 2011
extravagante espectáculo de jarrones rotos y ferrocarriles
que se desdoblan con el calor de fraguas hostiles;
que escuchamos lejos los cantos huidizos de tibios faros
que pisan escarcha en medio de un arsenal que rezuma sangre
que rezuma pus y olor a jarabe de opio adulterado,
que vendemos metálicos vasos de tinta china
y los vertemos en fangosas escaleras de caracol
que llevan hasta paraísos y dioses de papel de periódico quemado,
que obstinados nos hundimos en ruidosos tarros de abejas
zumbando descoloridas y furiosas en las esquinas
mientras paramos un taxi con los pies embarrados,
que acuchillamos y asesinamos la carne de buzones obesos
que nos miran con ojos trémulos y grasientos por tanta venganza
impresa en acuses de recibo y tarjetas hechas con nuestras alas,
que encadenamos a los postes de luz de las carreteras
a los perros callejeros que beben el sudor de un saxofonista ebrio
que aúlla en el arrabal al oír tras de sí los pasos que lo persiguen,
que hacemos rondas tras la sombra de los serenos y los lavabos
pulidos con marfil y lágrimas viscosas de color azul
y de desquiciados alaridos de sed y de convulsiones febriles,
que engullimos a las estrellas iconoclastas que vomitan tarántulas
en máquinas de escribir con la concienzuda incoherencia
que exhiben los gatunos profetas en un éxtasis maníaco,
que acomplejados de nuestras manos andamos incendiando parques
y sumándonos a la fila india de linternas anónimas y sin rumbo
bajo cielos rojos y violetas arañados por los pararrayos,
que con diabólica convicción nos entregamos a tahúres
que en campos de concentración nos ocultan hedientas vísceras
tras biombos de filigrana y de seda y de cabello humano.
4 de junio de 2011
Silencio
te habrán puesto estos años,
qué monstruos encaró tu rebeldía,
cuánta sangre costó cada peldaño,
qué fuegos han lamido tus entrañas,
y cuántas verdades y héroes cayeron
despeñados por sus propias montañas.
Qué traidores te besaron primero,
cuántos buques viejos no te esperaron;
o qué ausencia dejaste en cada muelle
para andar sin estrellas y sin faros
cuestionando guiones, roles y leyes.
describiendo sus círculos y rectas,
por cada página y punto y aparte
de la vida como la obra imperfecta.
Y cuántas veces te viste privado
de aquel sol que tocaste con el dedo
que estalló como un foco apedreado
que apaga la calle y enciende el miedo:
miedo al incendio que todo lo quema,
al silencio que desvela el tictac
tejiendo su mortal estratagema,
para que venga vestido de frac,
con sus propias manos a darte caza,
el último guerrero que te trate,
la última herida que te hagan las lanzas,
una jugada para jaque mate.
Has visto los hilos del bien y el mal
enredarse en las fauces de este mundo,
y en tus huesos sopla el aire glacial
que espira por la tarde el moribundo.
18 de mayo de 2011
Soneto 1
como fluye la sangre de mis venas,
disolver al émbolo que me obstruye:
el miedo, los prejuicios y las penas.
Hoy quiero borrar la férrea cuadrícula
que me dicta endecasílabo el verso.
No quiero ser invierno ni canícula,
ni uno ni dos, ni palma ni reverso.
Quiero ser el remolino en la espuma,
un castillo de arena, una hoja seca,
un pegote de tinta en esta pluma,
una emoción en lugar de una mueca,
el sueño que se teje con la bruma.
Quiero arrancarle el pelo a tu muñ… romper tu maldito soneto.
5 de mayo de 2011
13 de marzo de 2011
Ritmo
El volcán se despertó,
la tierra tembló con un grito.
El humo negro cubrió el cielo azul,
el fuego pintó de rojo el bosque y la hierba.
El animal salvaje respira al compás.
Inspira y el aire se contrae,
espira y el aire reposa.
Y el corazón que va detrás del péndulo:
ahora la sístole, y el mundo expectante;
ahora la diástole, y el mundo se duerme.
El mar.
Viene la ola y se llena de su ímpetu.
La ola se rompe y vuelta a empezar.
Otro pulso contra la orilla,
otra violenta bofetada de agua,
agua que vuela y se pierde en el viento.
Y de repente ya no hay nada.
Un instante congelado.
El péndulo alcanza el extremo
de la curva que dibuja.
Un instante justo antes de desandar,
un instante hasta el latido subsiguiente,
un instante de apnea.
El suicida hace equilibrio en la cornisa,
una rama seca se dobla con el viento.
Un gatillo se va tensando en la mano del hombre.
19 de febrero de 2011
El noctámbulo
11 de febrero de 2011
Tú con las nubes
de la mano de las lluvias de mayo,
que ibas en busca de un contraste,
un claro en las nubes grises, un rayo
de mil luciérnagas volando
sobre los nenúfares, cuando
te arrullan los grillos entre los tallos.
Y con la melena calada,
con ojos como pozos de deseos,
llegaste pero no vi nada
con mis gríngolas y esposas de reo.
Y ahora en esta yerma mente
consigue arraigar tu simiente,
y brotan palabras y hojas de té.
Tú con esas lluvias de mayo,
yo con mis anteojeras de caballo,
aquella vez que te encontré.
Contaron ayer que escuchabas
con la candidez de los forasteros,
y te querían como esclava
un perro apuesto y un hombre faldero.
Con tu mirada de vidente
te anticipaste a la corriente
para que no se hundiera tu velero.
Y te fuiste por los meandros,
mecida por el río de otras manos,
como Hermia con su Lisandro.
El sueño de una noche de verano
se extendió por otras quinientas.
Quizá es que te encontré contenta,
o fue que me olvidé de ti.
Siempre tú y tu intuición profética,
yo y mi maldita lógica aritmética,
cuando esa vez te conocí.
Dicen que das con mi portal,
ahora que se agrietan mis espejos,
con una aurora boreal
y aquel fuego fatuo del bosque viejo
que huyó contigo en la ribera,
que me dejó en sombra y ceguera,
y que ahora alumbra con un reflejo
un par de cuentas de cristal
temblando sobre tu brocal.
Quizá es que otra vez llueve afuera
y es la primera vez que nos miramos.
Si no hay direcciones certeras,
si vamos a atender este reclamo,
si me arrullan los grillos a tu vera,
si nos despertamos muertos de frío,
tú con tus sueños y yo con los míos,
dime esta vez qué nos espera.
9 de febrero de 2011
El ave y el árbol
del árbol más frondoso que encontró:
“Protégeme del furioso ciclón,
abre la puerta que conduce a tu alma”.
Él quiso tender su leñosa mano,
y la abrigó entre hojas de árbol anciano.
El ave quiso saber, y escuchó
su murmullo, y se bebió los licores
de madera mojada, hierba y flores.
Ella habló del mar que sobrevoló,
de cada desierto, montaña y prado:
“No descansé hasta que te hube encontrado”.
Duró el temporal lo que media vida.
Se agitaba el mundo pero encontraron
cobijo en burbujas de cristal claro,
y los dos olvidaron la salida,
y una lumbre frágil tembló en su intento
de aguantar la acometida del viento.
Querían ser un cuadro en lugar de un drama,
existir como las cosas inertes
que con la belleza huyen de la muerte,
rebelarse a las estrellas que exclaman
adioses en su veloz estampida,
que hiela y que deja piel hendida.
Pero al amanecer llegó el invierno,
estalló la pompa y ella voló,
se llevó los colores y lloró
por dejar al árbol en un averno,
donde aún espera un final de la historia
en que regrese el ave migratoria
con otro ciclón debajo del ala,
y cálida se lleve la blancura
depositada en lo que fue espesura.
Caen hojas como lágrimas resbalan,
Sin ella el bosque, herido por la nada,
será siempre una planicie nevada.
3 de enero de 2011
y se me ahonda tanta perspectiva
que del confín apenas sigue viva
la vaga imagen sobre mis espejos.
Aún vuelan, sin embargo, los vencejos
en torno de unas torres, y allá arriba
persiste mi niñez contemplativa.
Ya son buen vino mis viñedos viejos.
Fortuna adversa o próspera no auguro.
Por ahora me ahínco en mi presente,
y aunque sé lo que sé, mi afán no taso.
Ante los ojos, mientras, el futuro
se me adelgaza delicadamente,
más difícil, más frágil, más escaso.
29 de noviembre de 2010
Una rara y hereditaria condición
Nosotros, casi siempre respetuosos con las normas que nos vamos imponiendo continuamente —convencionalismos la mayoría, unas costumbres sociales sin base lógica suficiente—, sufrimos en raras ocasiones como un impulso de súbita rebeldía que nos obliga a hacer algo levemente anómalo, casi siempre para estupefacción de los presentes, que suelen ser conocidos que nos tienen por gente de intachables rectitud y sentido del decoro (y nos ven así gracias a que, como digo, los episodios son infrecuentes, o lo son por lo pronto). No me refiero a que cometamos infracciones o delitos, hasta la fecha ningún miembro de mi familia ha tenido roces con la ley, hablo de alguna excentricidad que, aunque pueda resultar intolerable en medio de un entorno de formalidad, no conlleva grandes repercusiones, quizá solamente que tengamos que cambiar de vida o de contactos para no empañar nuestra cuidada imagen. Uno de los más notorios fue el caso de mi tío Ernesto, un prestigioso doctor en Historia Europea por
4 de octubre de 2010
Opiniones enfrentadas
Parece que para convertir a alguien en un enemigo, basta con que le llevemos la contraria. Hoy parece que nadie tolera nunca opiniones enfrentadas, a los oradores se les dispara enseguida una alarma en el cerebro, se revuelven en sus asientos y balbucean argumentos miles hasta que su público queda hastiado y se esfuma y se quedan ellos rumiando con la mente las mismas explicaciones que han caído en saco roto. Es frecuente que pierdan los papeles, como si a los seres humanos nos hubiera quedado como un reflejo, una respuesta estereotipada y automática por la cual percibimos como enemigo a todo aquel que nos contradiga, y se interpreta que es una amenaza o afrenta no ya toda réplica que los ponga en entredicho, sino cualquier matiz que se quiera aportar a un discurso casual. No, no se puede estar en desacuerdo con nadie sin ponerlo nervioso y aun iracundo, hay que andar con pies de plomo, como si las opiniones fueran armas o insultos que se nos puedan escapar, como si fuese de mal gusto tener el criterio contrario o sólo diferente y tuviera uno que guardárselo siempre para no ser visto como un bronco agitador. Por supuesto que también los hay de este tipo: gente que encuentra el más alto placer despreciando y ridiculizando a cuantos oyen para calmar sus crueles ansias de dominación y sentir cómo sus iguales se vuelven corderos sometidos, personas con un gusto morboso por la discusión vehemente (que nunca se permiten “perder”, tal es su vanidad), gente que es incapaz de contenerse y no transformar cualquier debate en un acalorado enfrentamiento en el que ya nadie escucha nada ni quiere llegar ya a ningún acuerdo ni conclusión, en el que sólo cuenta quién tiene la última palabra y quién se impone a quién. Es la misma intolerancia, el mismo germen violento, aquí sí se detecta la intención gratuitamente provocadora. El relativismo que nos ha infectado lo reduce todo a una lucha de titanes inamovibles, donde el único logro posible es acabar la discusión sin haber reconocido al interlocutor ni la más mínima y evidente de las afirmaciones, habiendo sido lo más despreciativos y lo más sordos y tercos que se pueda. Llegados a este punto, he visto que muchos optan por guardar un silencio indefinido, todo lo conceden, y hacen como si estuvieran en misa asintiendo con la cabeza ante el sermón del cura. Parece que no les queda otra opción a estos hombres de paz, pero qué triste es que ya no podamos hablar de nada sin desatar la cólera visceral o sin provocar a algún fanático. Sólo es hablar, pero hablando ya no se entiende la gente, parece que estuviéramos en el Congreso, los políticos han debido de transmitirnos esa enfermedad de sofistas (pero en política son las reglas del juego, nadie pretende moverse de su sitio, lo cual hace que toda argumentación se vuelva inútil). O quizá es que nunca un pueblo estuvo mejor representado como lo está por los diputados, y seguimos viviendo como en los años treinta, hablando como si al hablar nos hiciéramos de nuevo la guerra fraticida.
18 de septiembre de 2010
La existencia es como situarse entre dos espejos enfrentados. Es fascinante observarse a uno mismo repetido mil veces hasta donde alcanza la vista. Sabemos que por lejos que miremos, siempre habrá otra imagen subsiguiente, sabemos que la fila india no tiene principio ni final; y la muerte está quizá en límite donde nuestro último yo roza el infinito.
26 de agosto de 2010
12 de julio de 2010
Brooklyn
Pero cuando me hablas habrás de saber que tu voz tiene que abrirse camino en un concierto multitudinario que resuena en mí. Repentinamente me miras, y el coro se apacigua para dejarte hacer tu soliloquio, your thing, y asumes un momento el peso de la obra que ahora se decide a acompañarte, a tenderte unos acordes sobre los que navegar libremente. Cada uno de tus susurros llega montado sobre una ola de mis pensamientos: por qué otra vez me miras de esa manera, qué te lleva a hablarme de esto ahora, quieres que vuelva a acordarme de las mismas cosas en que tú pensabas hace un rato acodada en la vereda, esas imágenes comunes que ya van siendo frágiles y pesadas y queremos rescatar, pero que ya se están borrando para mi escándalo. Pero cómo puede borrarse un rostro si antes era como una fotografía preciosa que guardábamos celosamente detrás de los ojos, cómo puede algo desaparecer tan sencillamente si por lógica nada cambia y todo es tan perpetuo como el álgebra o la gravedad —yo siempre te hablaba con la lógica de los ojos cerrados, pero también era verdad lo que decías cuando, en un arrebato de empirismo, me señalabas una cana y me contabas aquello de que nunca se bebe dos veces del mismo río, que si Heráclito, que si una noria…—, y cómo puede ser que nos hayamos quedado así con los pies pegados al suelo y oteando el horizonte, murmurando lo de que allí sigue el tren cada vez más lejos, lo de que aún se ve un poco el humo de la locomotora que tiraba de nuestra vida de antes. Sigues hablando y me alcanzas un poco de ese humo, y también la certeza de que en aquel entonces nunca me hablabas así, o sólo lo hacías por escrito para que no se dijera, pues qué férreas se hacían las cadenas de la gente que nos miraba en una época en que siempre le dábamos importancia a todo, cómo nos habían anquilosado con torpes indicaciones de “cómo se ha de vivir”, qué frío era aquel hielo que nos había petrificado a cada uno en un lado de la ciudad; y yo maldiciendo los tejados que se contaban hasta el tuyo, conviviendo con posos de café y papeles fastidiosos, cada vez más papeles que estudiábamos callados en nuestros cuartos todo el tiempo mientras se amontonaban y nos sometían; y eso era la responsabilidad: pensar en esos papeles en lugar de pensar en que te había encontrado muy callada esa mañana, o en lugar de escribirte. Por supuesto que lo hacía de todos modos con incansable apego, porque furtivamente tu nombre se colaba entre esos papeles y entre mi ropa y me hacía perder el hilo de todo. Yo entonces estaba como ido, me planteaba un rompecabezas recurrente cuyas piezas iban transformándose cada vez que me aproximaba a una solución, y esta solución unas veces consistía en la imagen de tus pasos bajando las escaleras para recibirme, pero otras veces era que te reías con algo que yo no podía ver y te perdía la pista.
Mucho después un gigante se armó de un colosal pico para hacer volar en pedazos nuestra vieja conocida torre de Babel, y entonces empezamos a hablar el mismo idioma, y ahora ya sí, ya puedes mirarme y hablarme porque por fin nos hemos entendido, por fin la orquesta ha elegido el mismo tono que tus palabras, y creo que a eso lo llaman armonía, y creo que en algún momento tuvimos que intuir que en eso estaba la belleza. Pero fíjate cómo vuelvo con la música otra vez, siempre tocábamos el mismo tema, siempre la música, siempre Brooklyn, siempre los libros y siempre las películas, siempre todas las distracciones posibles para que no hablaras de ti misma o de si todo aquello estaba bien, de si nos gustaba estar apenas rozándonos con la punta de los dedos mientras algo intentaba alejarnos a rastras. Me exasperaba ese diálogo de vecinos que coinciden en el ascensor, ese saludo impersonal como de ejecutivos de chaqueta y corbata, esas fórmulas para calzarnos dentro de lo corriente; la sangre se me helaba y tenía que alejarme y dedicarme a otros asuntos con la cabeza gacha y pensando: de qué ha servido tanto rompecabezas, no sé escudriñar en tus gestos, no puedo leerte entre líneas, no sirve de nada este terco insomnio si no voy a dar con la frase que me falta esta noche. Después, un día cualquiera, me topaba con tu firma en el buzón y comprobaba que estaba como mojada, y a una centena de tejados de distancia era como verte despertar de un mal sueño con el corazón acelerado y buscándome en la sombra, comprobando a tientas que yo seguía allí para que me hablaras; y había que enjugarte la frente para que te durmieras, y repetirte lo que leíste un día que te había parecido tan hermoso: aquello de que volabas a tal altura en tu avioneta que incluso llegabas a mirar las estrellas por debajo de ti. Sin duda te habrás acordado de eso antes en la vereda cuando me señalabas las constelaciones, y también ahora cuando te pido que continúes, ahora que has querido devolverme aquel humo del horizonte, esta fotografía que para mi escándalo se está borrando detrás de los ojos con lentitud e inexorablemente.
2 de junio de 2010
Es horrible el fuego. Cada árbol que se quema también acerca las llamas a su vecino, y así es a la vez el fin y el medio, la víctima y el cómplice del aire asesino. A veces el viento sopla con fuerza, aviva las llamas y agita las copas de los árboles; y una nube de hojas y ramitas incandescentes sale volando hasta otro lugar del bosque, algo como un enjambre de bichos endemoniados de color rojo y negro, los propagadores de la muerte, los agentes de la metástasis. Qué enfermedad fatal. Qué dorada y cálida epidemia de calcinación.