22 de mayo de 2012

Utopía

En los días del diluvio
te encontré entre el griterío,
entre el frío, los efluvios
y las calles como ríos.
Se hundía la ciudad gris
de un sueño y ningún país.

Capitana de aquel barco
condenado a naufragar,
querías ser charco en el charco,
caracola de la mar.
Qué pensamiento rotundo,
querer ver el fin del mundo.

Como todos, yo escapaba
a un rascacielos o un monte,
y fue tu rostro una traba,
¿qué tendría el horizonte
que debió de congelarte?
¿Cómo no intentar salvarte?

Pero entonces ocurrió:
me clavaste las pupilas
y me dijeron que no.
Dos témpanos o dos lilas,
fui Abel y ellas Caín.
Qué sombría naturaleza,
qué maldita la belleza
y prematuro este fin.

No llegaron a mi oído
las palabras que se ahogaron,
ni hallé caminos perdidos,
u hogares que se soñaron.
Siguieron en pie los muros,
seguía en blanco el futuro.

Aún después de aquel día,
sólo quedó la promesa
de los hijos que vendrían,
que la Historia sigue ilesa:
le dio muerte quien la fragua,
siempre renace del agua.

Y seguirán como ciegos,
perdido el norte y sin faros,
quemados por este fuego
hasta que encuentren un claro
en el bosque del error,
que es aquello que has negado
a quien quedó en el pasado:
acaso un destino mejor.

Seguiremos como ciegos,
sin camino ni otro amparo
que el de la suerte y su juego,
siempre libres sin reparos
en esta selva sombría,
a solas con nuestro empeño,
donde nos sobran los sueños
porque falta la utopía.

15 de mayo de 2012

Huracán

El Príncipe ha sabido de un plan esta mañana:
gatos de Dinamarca le robarán la lana.
Por eso lo verás apostado en su ventana,
entreviendo en el tejado intenciones malsanas.
Con el rostro dibujado en el vaho del cristal,
la niña zahorí, de poder sobrenatural,
sabe por radiestesia que no le irá tan mal
si accede a subir a dos bricks de leche el jornal.
Ser o no ser, Hamlet hoy no está contento.
va a saltar levante, va a cambiar el viento.

La joven porteña acude a clase en bicicleta,
donde Jack Kerouac le muestra mágicos cometas,
y va con párvulos de excursión a coger setas
a Nunca Jamás, donde se citan los poetas.
La Guardia Civil los toma por representantes
de un peligroso sueño propio de maleantes,
y las vagas consignas de idealistas farsantes
se queman con Bruno en una plaza llameante.
Roma arde y clama ante Nerón el sargento:
"no se extinguen las llamas con tanto viento".

Mientras, Marie Curie se relaja en su bañera
sabiéndose una mártir de la fe verdadera.
Que la salud sólo es para abultadas carteras,
y la promesa que le hizo a la parca es sincera.
Ya está ciega, y el mundo está enfermo de ceguera,
"Es muss sein", se oye en una radio de madera,
elegía en la Sorbona, llanto de plañidera,
porque ha ido a tocar el agua la sombra postrera.
El péndulo de Foucault ya se mueve con su aliento,
la bala de un fusil atraviesa el viento.

Janis Joplin me clava sus dos miedos vidriosos,
navego en las sienes que no encontrarán reposo;
cazar las hormigas que sus labios han llorado
es lamer la savia de un retoño lastimado.
Ella es el niño perdido que agarra mis manos,
puerta entreabierta entornada con luz de verano,
un poso de café que promete amor en vano,
con un ala rota, tiene por cielo un piano.
Ha venido a pedirme que me quede un momento,
a verla volar como una hoja seca en el viento.

11 de mayo de 2012

Resistencia pasiva y democracia

Cuando hace semanas se oyeron voces desde Interior que amenazaban con leyes para criminalizar  la resistencia pasiva, que pasaría a convertirse en “atentado contra la autoridad” y un delito punible con varios años de cárcel, se armó un revuelo considerable en la opinión pública, y en concreto en las redes sociales, donde muchos como yo vimos en la medida toda una provocación y una reaccionaria estrategia para apagar con gasolina los fuegos de la legítima protesta civil, precisamente ahora que se prevén incendios. Después, otros personajes del gobierno hicieron declaraciones contradictorias, y como siempre ocurre últimamente, todo se ha quedado, de momento, en una cortina de humo, una maraña imprecisa de informaciones intencionadamente vagas y perecederas, y nadie sabe a ciencia cierta si al final va a ser verdad o no que nos van a meter en la cárcel por recibir palos en la nuca mientras participamos en una sentada, por desobedecer la orden que nos da el político de turno a través de su intermediario sumiso y feroz que es el policía armado.
            En todo caso, la noticia sirvió para que se abriera un interesante debate. Algunos, llevados por la pasión, sugirieron que puesto que el gobierno equiparaba la resistencia pasiva con el uso de la violencia (“atentado”, recuerden), bien podríamos ser nosotros quienes ya no distinguiéramos una cosa de otra y recogiéramos piedras donde antes recogíamos flores, y no para introducirlas en sus cañones, sino para lanzarlas contra ellos y contra todo el que pusiera obstáculos a la lucha. También he llegado a leer la opinión de quien piensa que “una manifestación sin violencia es una pérdida de tiempo”, y no he podido evitar acordarme de Gandhi y de la independencia de la India. Una de las grandes virtudes del 15 M ha sido su carácter pacífico, con el que se ha ganado la simpatía de esa población a la que pretende implicar. El único método coherente de reivindicar democracia es mediante la no violencia, ya que violencia y democracia son conceptos incompatibles. La democracia es un sistema para la toma de decisiones en un colectivo, donde pacíficamente se adopta la postura mayoritaria a fin de mantener una convivencia en armonía, garantizándose a través del voto un poder equitativamente repartido entre cada uno los miembros del conjunto. La violencia, en cambio, es el instrumento que usa un individuo para arrogarse el poder e imponerse a los otros; es siempre un chantaje porque quien la usa pretende obtener de los otros un favor, establecer una dominación sobre la voluntad de sus semejantes con la amenaza del daño, y cuando esto ocurre, la libertad se pierde, la democracia se pierde.
            El único método para escapar a la violencia es resistirse a ella, no ceder a las amenazas. Gandhi dijo que es un deber moral del hombre desobedecer una ley injusta. El Estado a menudo utiliza la violencia para imponer el poder, pero nosotros, demócratas convencidos, nos negamos acatar una orden sólo porque exista la amenaza del daño físico, porque esto nos parece incompatible con lo que suponemos es democracia; nosotros entendemos que la desobediencia pasiva es el mayor ejercicio de nuestra libertad, con ella nos hacemos verdaderamente libres y escapamos a cualquier dominio, sencillamente nos negamos a aceptar que la violencia se convierta en un método efectivo para la imposición de cualquier idea, nos negamos a que nuestra voluntad sea sometida por la fuerza, sea quien sea quien detente esta fuerza. Si en cambio abandonamos la resistencia pasiva y usamos la violencia, deja de tener sentido que pidamos democracia, porque nosotros mismos la estaremos destruyendo. 

10 de mayo de 2012

Manifiesto determinista

Nosotros hemos aprendido que sólo un único mundo es posible, que el universo es una sucesión de fichas de dominó cayendo hacia ninguna parte, una mariposa batiendo las alas en Pekín y generando un huracán; nosotros hemos aprendido que la libertad es en realidad una aproximación y todo se sucede de manera determinista. Cada acontecimiento social, cada fenómeno natural y hasta cada proceso mental es el resultado de un millón de causas anteriores conjugándose para dar lugar a un resultado concreto y el único posible. En el fondo, nada está sujeto al azar: cuando tiramos un dado sobre la mesa sabemos que serán la particular geometría del dado (nunca es un hexaedro ideal, este sólo existe como figuración matemática), la superficie de la mesa y nuestra manera de lanzar quienes determinen el resultado. ¿Somos libres de elegir cómo tiramos el dado? ¿Somos libres para imprimir una determinada fuerza, una determinada dirección? ¿Somos libres acaso para tomar esa decisión de apostar a los dados? Es muy limitado el conocimiento que tenemos de nuestra mente, pero siendo honestos, y puesto que todo lo que observamos en el universo se encuentra determinado, ¿por qué no iba a estarlo también nuestro pensamiento, que no es sino fruto de un millón de conexiones neuronales, neuronas que a la vez están gobernadas por las leyes inviolables de la física y la química? ¿Cómo podemos decir que el ser humano es libre si no estamos hechos de otra cosa que no sea materia y energía, si no somos más que una parte más de este universo? A menudo caemos en el error de considerar que algo es “libre” cuando sólo es, al menos de momento, impredecible. El tiempo atmosférico es predecible a partir del estudio de sus causas, pero estas causas son a menudo tantas y tan variadas que ni los más modernos sistemas informáticos pueden asegurarnos una fiabilidad del cien por cien en nuestra predicción, tanto más imprecisa cuanto más alejada se encuentre del futuro hipotético al que se refiere. Cuanto mayor sea el plazo, más variables entran en juego. Aún así, vemos que es posible “adivinar” el futuro desde un punto de vista científico, por la mera observación de las causas. El problema es que las causas pueden ser tan infinitas como infinito es el universo, y podemos admitir que hasta la última estrella de esta galaxia puede jugar un mínimo papel en cualquier acontecimiento, como el hecho de que yo escriba esto y usted lo lea. El hombre no escapa a este sistema de causas como no puede escapar de la gravitación, somos parte del mismo sistema, las mismas leyes nos determinan, y en consecuencia, somos tan libres como una roca; si bien, tan impredecibles como el tiempo atmosférico.

30 de abril de 2012

—Buenas noticias. La masa que vimos en el TAC nos preocupó mucho inicialmente, pero hemos investigado un poco más y su situación irregular en España nos ha tranquilizado mucho, así que puede irse de alta.
—Pues menos mal. ¿Y el dolor en los huesos?
—No se preocupe, según las curvas de supervivencia, desaparecerá del todo en 18 meses.

20 de febrero de 2012

Ahora podemos entender mejor el abismo que separaba a Sabina de Franz: él escuchaba con avidez la historia de su vida y ella lo escuchaba a su vez con la misma avidez. Comprendían con precisión el significado lógico de las palabras que se decían, pero no oían en cambio, el murmullo del río semántico que fluía por aquellas palabras.
Por eso cuando se puso el sombrero de hongo delante de él, Franz se quedó descolocado, como si alguien le hubiera hablado en un idioma extranjero. No lo encontraba ni obsceno ni sentimental, era sólo un gesto incomprensible que lo descolocaba por su carencia de significado.
Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos (tal como Tomás y Sabina se intercambiaron el motivo del sombrero de hongo), pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y en la de la otra.

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser

8 de febrero de 2012

Hoy al tiempo lo recibo en mi casa,
como al hijo pródigo que regresa
para traer su mentira inconfesa,
su bello antifaz de sonrisa falsa.

Mañana una promesa es desengaño,
y al ayer nunca debieras volver;
no hay jueces que nos puedan absolver
de hacer a la vida esperar un año,

ni cuerpo ha nacido aún que lo aguante,
ni arderá la juventud en tal día.
Tú estás donde será, yo donde era antes,

vivimos en la misma fantasía.
Busco detrás y tú buscas delante,
a la larga tu rostro encontraría.

23 de enero de 2012

“… mientras que para un individuo doce años pasan como la espera bajo una marquesina, cuando se ha perdido un enlace de trenes y se aguarda allí sentado al siguiente sin perder de vista las maletas, para la historia una docena de años es una época, llena de grandes avatares y mutaciones decisivas…”

Claudio Magris

12 de enero de 2012

Mamihlapinatapai

Me miras como un estanque templado,
despertando de súbito en la aurora;
cuando en tus aguas se va desvistiendo,
impúdica y tácita,
la sirena que orienta al extraviado,
este viento que nos mueve a deshora,
esta idea que nos está consumiendo.
Me miras como me mira un abismo,
y leyendo en mis ojos la batalla,
me conduces por tiempos que aún no existen,
sintiéndolo al vértigo
morir de sed encerrado en sí mismo.
Entonces tiembla el estanque y se calla,
nos alejamos, y el alba es más triste.

3 de diciembre de 2011

6. El peso de la prueba no recae sobre el negacionista, son los que afirman los que han de demostrar.

15 de noviembre de 2011

Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda; acaso sobre nuestra piel, dejando marcas que tan sólo la muerte habrá de borrar, como al resto de nuestro cuerpo. Hay una cosa que está en todos nosotros, una flecha que sólo se dirige hacia delante y que nos atraviesa el pecho cuando volvemos la mirada hacia detrás, hacia el pasado, hacia una estación que se va alejando rápidamente mientras somos llevados por un tren vertiginoso al que no quisimos subirnos. Nosotros preferíamos quedarnos en la estación, en esos lugares donde habíamos enloquecido, donde el mundo era estable o al menos cíclico, donde los días se tejían con algún material precioso que debió de evaporarse sin remedio, donde la juventud bullía y nos sentíamos exultantes y llenos de inocente júbilo, donde imaginábamos todas las diferentes vidas que eran aún posibles, e ingenuos hacíamos planes para un futuro que no llegaría o que sería demasiado diferente de como habíamos aventurado; donde la niñez era un cuento recién relatado y la edad adulta una promesa por cumplir, o la tierra donde mana leche y miel; donde, en fin, aún teníamos expectativas y sueños a la espera de recibirnos mañana.

22 de octubre de 2011

—¿Qué opinas?
—Que puede que haya en ella un conflicto. Creo que tiene muchas ganas de sentirse diferente, pero en el fondo no sabe muy bien cómo ha de ser ella, a la hora de la verdad está totalmente perdida. Y claro, desdeña a veces los estereotipos de la feminidad, porque siente fuertemente que en eso no puede consistir su persona, que tiene que ser otra cosa. Pero después, cuando no sabe con qué llenar ese hueco, sucumbe a la presión social y termina cediendo y siendo como la sociedad le pide que sea. La gente percibe este conflicto, y por eso en ella todo parece tan antinatural, tan forzado o fingido, y eso nos causa rechazo. En cambio, tú te sientes muy cómoda dentro de la forma de ser y de vivir que has elegido, porque inexplicablemente apenas te la cuestionas; y aparentas una fuerte serenidad y seguridad en ti misma; vives en un acuerdo categórico con tu propio ser, y eso a los demás nos resulta fascinante. Aun así, tampoco creo que seas tan cristalina. A veces sí que puedes ser contradictoria, y hasta desconcertante.

14 de octubre de 2011

Se acomodaba en aquel sillón que tenía pegado a la ventana, y allí se pasaba horas observando y anotando todo lo que sucedía afuera, sin apenas mirar la libreta. Trataba de registrarlo todo con suma obstinación: el vuelo de los pájaros, la forma de aquella nube, el color y marca de cada coche que pasaba por su calle, el aspecto y vestimenta de cada transeúnte, los detalles de la acera, los círculos que la hojarasca trazaba cuando soplaba el viento. La tarea lo agotaba, pero trabajaba sin descanso porque no quería dejar escapar nada. Si el día era tranquilo, entonces podía concentrarse más en los detalles y escribir con mayor precisión. Si el mundo un día lo ametrallara con una manifestación, por ejemplo, no podría dar abasto y se sentiría frustrado. Con suerte sólo podría conseguir contar el número de personas que se reunieron para caminar y gritar, pero nunca estaría seguro de haber contado bien, no tendría tiempo para anotar el contenido de cada pancarta ni las veces que cada una de las personas gritó o tocó su silbato.
Pero por suerte vivía en un barrio tranquilo y aún no se había topado con algo así. Su casa era una de esas con un jardín muy pequeño, situada entre muchas otras casi idénticas. En conjunto, las casas conformaban un bosque cuadriculado y homogéneo que se extendía hasta donde llegaba su corta mirada desde la ventana. Como no podía permitirse alejarse de la casa, todo lo básico lo tenía muy a mano, y pagaba a un jovencito para que le comprara alimentos en el ultramarino. Si precisaba de algo más sofisticado que una barra de pan o algo de fruta, lo encargaba a domicilio. Había aprendido a vivir como un anacoreta, evitando siempre cualquier tarea que le supusiera perder la vigilancia de la calle. Había instalado el inodoro al lado de la ventana, cuidándose de que no se viera desde fuera. Una vez al día se daba unos minutos para archivar los datos de la jornada a toda velocidad. Se había acostumbrado a dormir muy poco, imponiéndose un régimen estricto por el cual recortaba progresivamente las horas que debía dormir. Los vecinos sospechaban que tenía agorafobia, y que por eso se enclaustraba mirando por su ventana aquella calle que no pisaría salvo por extrema necesidad. A él le gustaba pensar que observaba la calle como un científico o un documentalista, registrando sin intervenir ni alterar nada; buscando la verdad por la verdad, y por eso trataba de que no se le viera desde fuera. Cualquiera de la calle cambiaría su comportamiento si se sintiera observado. Debía ser un ojo invisible si no quería falsear sus datos.
Aquella vez, cuando llegó la noche, no pudo echarse esa breve cabezada en que se había transformado su sueño diario poco a poco. Aunque estaba agotado, no pudo resistir la tentación de seguir describiendo el murmullo del viento y el repiqueteo de la lluvia sobre los tejados. Por fortuna no tronaba, pero se iba fijando en otros detalles del espectáculo que era la tormenta. Era fascinante ver cómo iban creciendo los charcos mientras un incansable chorro de agua caía sobre ellos e iba formando en sus superficies una suerte de bultos puntiagudos y socavones y ondas que duraban un instante, se mezclaban y cambiaban de forma. Después el viento arrancaba de aquella superficie fluida un millón de gotas que volaban y se confundían en la oscuridad, o bien reflejaban la luz blanca de las farolas como si fueran un puñado de diamantes que se arrojan. Se emocionó de ver todo aquello y no pudo cerrar los ojos ni pensar en nada más. El corazón le latía con fuerza y no paraba de escribir, llenando una página tras otra con nerviosa caligrafía. La noche duró para siempre, que no la tormenta, porque la muerte vino a llevárselo en aquel momento, sin duda el más glorioso y bello de su corta existencia. Dejaba tras de sí una montaña de manuscritos sin interés alguno para nadie, una unifamiliar que se puso en venta, y la indiferencia de aquel mundo que trataba de aprehender a toda costa y que se olvidó pronto de que había existido alguien como él.

11 de septiembre de 2011

Entre el día y la noche

Atardece y me preguntas
qué hay en ti de atardecer,
cómo eres playa y mujer,
esa culpable presunta
de herir a un sol que se ayunta
con este mar de cristal,
sol tan ávido de umbral
que, con su último temblor,
se convierte en el pintor
de esta tarde en el final.

Blanca la mano que mece
las aguas de la ceniza
donde este sol agoniza,
donde ante ti comparece,
helado como otras veces
por tu corazón de nieve,
corazón blanco y tan leve
que una sola palabra mía
pronunciada lo mancharía:
calle mi boca si debe.

Rojo allí en esa frontera
derramada y confundida
entre la noche y la vida,
entre el día y "la postrera...",
La esperanza traicionera,
ni cobarde ni valiente,
ocurre que a veces miente:
no es sino un oscurecer
disfrazado de tu ser,
que nos aguarda impaciente.

Dorado quebrando el cielo,
estallido cegador,
abriga el viento un candor
en su presuroso vuelo,
y así embriaga todo anhelo.
Esta vida es un momento,
todo es efímero y siento
que todo debe cesar,
el techo se ha de voltear,
se apague el astro y el aliento.

Azul como este nadar
entre sueños encallados,
murmullos de mi costado
que el agua habrá de callar
para que oiga ecos de mar,
las voces del vasto vacío
cuyo cuerpo ahora uno al mío.
Nada soy si no es en ti,
nunca en vida distinguí
río en mar, ni lluvia en el río.

Yo tan día, tú tan ocaso,
tú mi mar y mi deceso,
descansen allí mis huesos
en este horizonte raso,
hallen luz, tu paz acaso,
que vendrá la noche luego
para que vuelva aquel juego
en que contabas estrellas,
yo ya insomne y tú tan bella,
mi dolor, mi aire, mi apego.

No despertará otro día
en esta noche por densa,
me cubrirá tan extensa
como el mar que la traía.
No entrarán por celosías
ni blanco, rojo o dorado
ni azul, los ojos cerrados.
Te encontré y ya no te vi,
y te abracé y me extinguí,
y fui sombra y fui pasado.

31 de agosto de 2011

Sobre la filosofía

Los conceptos de la vida y del mundo que llamamos filosóficos son producto de dos factores: uno está constituido por los conceptos religiosos y éticos heredados; el otro, por el tipo de investigación que se puede denominar científica, empleando la palabra en su sentido más amplio. Algunos filósofos han diferido ampliamente respecto a la proporción en que esos dos factores entran en su sistema; sin embargo, es la presencia de ambos la que en cierto grado caracteriza a la filosofía.
“Filosofía” es una palabra que se ha empleado de muchas maneras, unas veces en un sentido amplio, otras en uno más restringido. Quiero usarla en sentido muy amplio, tal como intentaré explicar a continuación.
La filosofía, conforme a mi interpretación de la palabra, es algo que se encuentra entre la teología y la ciencia. Como la teología, consiste en especulaciones sobre temas a los que los conocimientos exactos no han podido llegar, pero, como la ciencia, apela más a la razón humana que a una autoridad, sea ésta de tradición o de revelación. Todo conocimiento definido pertenece a la ciencia —así lo afirmaría yo—, y todo dogma, en cuento sobrepasa el conocimiento determinado, pertenece a la teología. Pero entre la teología y la ciencia hay una Tierra de Nadie, expuesta a los ataques de ambos campos: esa Tierra de Nadie es la filosofía. Casi todos los problemas que poseen un máximo interés para los espíritus especulativos no pueden ser resueltos por la ciencia, y las contestaciones de los teólogos ya no nos parecen tan convincentes como en los siglos pasados. ¿Está dividido el mundo en espíritu y materia? Y suponiendo que sea así, ¿qué es espíritu y qué es materia? ¿Está el espíritu sometido a la materia o se encuentra poseído por fuerzas independientes? ¿Tiene el universo unidad o finalidad? ¿Está evolucionando hacia una meta? ¿Existen realmente leyes de la naturaleza, o creemos solamente en ellas por nuestra innata tendencia al orden? ¿Es el hombre lo que le parece al astrónomo, a saber: un minúsculo conjunto de carbono y agua, moviéndose impotentemente en un planeta pequeño y de poca importancia? ¿O es lo que le parece a Hamlet? ¿Acaso las dos cosas a la vez? ¿Existe una manera noble de vivir y otra baja, o son todos los modos de vida meramente fútiles? Si hay un modo de vida noble, ¿en qué consiste, y cómo lo realizaremos? ¿Debe ser eterno lo bueno para merecer una valoración, o vale la pena buscarlo, incluso en el caso de que el universo se moviera inexorablemente hacia la muerte? ¿Existe la sabiduría, o lo que parece tal es solamente un último refinamiento de la locura? Cuestiones como éstas no encuentran contestación en ningún laboratorio. Las teologías han alardeado de dar respuestas, todas demasiado determinadas, pero precisamente su seguridad hace que el espíritu moderno las mire con recelo. El estudio de estos problemas, aunque no alcance sus soluciones, es la misión de la filosofía.
Pero, ¿por qué —se podría preguntar— perder el tiempo en problemas tan insolubles? A esto puede responderse como historiador o como individuo que se enfrenta con el terror de la soledad cósmica.
La contestación del historiador, en la medida en que yo la puedo dar, aparecerá en el transcurso de esta obra. Desde que el hombre ha sido capaz de la especulación libre, sus actos —en muchos aspectos importantes— dependen de sus teorías en cuanto al mundo y a la vida humana, en cuanto al bien y al mal. Esto es tan cierto hoy como en cualquier tiempo anterior. Para comprender una época o una nación, debemos comprender su filosofía, y para eso tenemos que ser filósofos nosotros mismos hasta cierto punto. Hay una conexión causal recíproca. Las circunstancias de las vidas humanas influyen mucho en su filosofía, pero, viceversa, la filosofía determina las circunstancias. Esta acción mutua en el curso de los siglos será el tema de las páginas siguientes.
Sin embargo, hay una contestación más personal. La ciencia nos refiere lo que podemos saber, pero lo que podemos saber es poco, y si olvidamos cuanto nos es imposible saber, nos hacemos insensibles a muchas cosas de máxima importancia. La teología, por otro lado, trae una creencia dogmática, según la cual poseemos conocimientos donde, en realidad, somos ignorantes, y por eso crea una especie de insolencia atrevida respecto al universo. La inseguridad, llena de grandes esperanzas y temores, es dolorosa, pero hay que soportarla si deseamos vivir sin tener que apoyarnos en cuentos de hadas consoladores. Ni se deben olvidar las cuestiones que plantea la filosofía, ni persuadirnos de que hemos encontrado respuestas definitivas a ellas. Enseñar a vivir sin esta seguridad, y sin estar, sin embargo, paralizado por la duda, es acaso el principal bien que la filosofía en nuestra época puede aún proporcionar al que la estudia.

Bertrand Russell

23 de agosto de 2011

He vivido en lóbregos castillos de acero,
buscando terco en el silencio un alarido.
Bajo la mirada torva de cien mil lunas
perseguí la albura infantil de los esteros,
hallé entre chamizos de un roble malherido
gélidos fuegos que no emiten luz alguna.

Hundí mis brazos en océanos de piedra,
volé en las cumbres de rodillas en el suelo,
viví en las sentinas con máscaras sin nombre,
amarré un cometa con maromas de hiedra.
Afuera aullaban teléfonos sin consuelo,
dentro el desagüe engullía el suero de un hombre.

Vi llover desde el balcón de un templo en el cielo,
y a grullas de papel volar desde unos labios
para quemarse en el rubor del horizonte.
Seguí los pies descalzos que hollaron el hielo,
y las sendas de la tez cetrina de un sabio,
que son como arroyos de ceniza en los montes.

He despertado en el sepelio de los astros,
sobre un universo en que ha caído el telón,
para bajar al valle ya sin más cadenas,
para unirme a la procesión que escucha el rastro
de la risa de un payaso ante el paredón;
para hundir mis dedos en cabellos de trena,

besar el agua tibia que la playa llora,
clavar en la lengua la espina que ha brotado
en el crisol que me espera al amanecer,
como espera al viajero la tierra que añora.
Voy al encuentro de mis días aplazados,
voy a laberintos que están por recorrer.

18 de agosto de 2011

Sueño número 8030

Acababa de llegar a la ciudad con mi pesada mochila a la espalda, y cuál fue mi asombrosa suerte, que antes de que fuera consciente de haberla conocido me vi paseando con una preciosa rubia de ojos azules agarrada de mi brazo izquierdo. Seguramente estuvimos hablando de fruslerías, pero yo me entusiasmé igualmente, curioseando por la espléndida ciudad y viéndome a mí mismo, un joven ensuciado y ataviado con ropa de viaje, con tan grata compañía.
A media mañana llegamos a un centro comercial y ella me anunció que quería comprarse un vestido de fiesta para estrenarlo esa misma tarde. Allí nos esperaba mi hermana, así que cuando la de los ojos azules se metió en los probadores nos quedamos los dos hermanos a solas, y no sé por qué pero no nos hablamos mucho, apenas nos saludamos. Cuando la mujer de ojos azules salió de los probadores (no tardó mucho) elogié la belleza del vestido, que era beige y largo hasta los tobillos, y nos marchamos de allí despidiéndonos de mi hermana.
La fiesta resultó ser en una catedral gótica, o tal vez era que empezaba con una misa y la verdadera fiesta venía después, seguramente se tratara de una boda o un bautizo. Ella estaba conmigo, con su nuevo vestido beige; y fue un error, pero cogiéndola de la mano me aventuré en el interior de la catedral y me puse a admirar las vidrieras y las altísimas bóvedas que coronaban la nave. Así estaba con la mirada puesta en las alturas cuando de repente me sorprendí de sentir un empujón en un hombro, o tal vez en el costado. Dos energúmenos encorbatados de aproximadamente mi edad me increpaban con insultos y me zarandeaban violentamente: vete a la mierda, hijo de puta; lárgate de aquí, perroflauta; vete con tu 15-M de los cojones a molestar a otra parte. Para ser tan devotos sois un poco agresivos, les decía yo, fijándome en que llevaban al cuello un colgante con un pequeño crucifijo de madera. Mis palabras me costaron el primer golpe en la cara. No pude por menos de defenderme, y al instante estaba enredado en una batahola de puñetazos y patadas con dos cristianos fundamentalistas.
Sintiendo en la espalda el peso de todas las miradas, incluyendo la de mi acompañante de ojos azules, salí por las puertas de la catedral con un pómulo rajado, trastabillando con las losas sueltas, sin hallar mucho consuelo en la idea de que al menos mis adversarios habían salido peor parados que yo. Me topé justo afuera con un montón de cámaras de televisión y fotógrafos de la prensa, y algún periodista me puso un micrófono en la boca. Declaré que todo lo hice en defensa propia y traté de salir de allí lo antes posible, demasiado aturdido para darme cuenta de que me había dejado la mochila dentro de la iglesia.
Vagué por calles angostas con las últimas luces de la tarde, como un perro callejero o un fugitivo. Ya era de noche cuando mis pasos dieron con un camino de terracería que llevaba hasta el mar. La luna llena y algunas escasas farolas me iluminaron un litoral todo lleno de enormes rocas que se extendían a lo largo y ancho del paisaje, para finalmente adentrarse a lo lejos en el océano, en cuyo fondo quedaban sumergidas. Se me acercó quien debía de ser la única alma viviente por aquellos parajes, alguien que pareció reconocerme, un hombre calvo y alto vestido con un impermeable gris que dijo haber presenciado la reyerta de la catedral esa tarde.
—Los cristianos de ahora —me dijo— son como los que mataron a Hipatia, no sé si habrás visto la película de Amenábar. Se lían con la lógica más elemental, serían capaces de negar la evidencia más aplastante: que cuando una piedra es arrojada al mar trazará siempre una parábola antes de zambullirse.
Tomé un palo del suelo, y tuve ganas de lanzarlo más allá del horizonte, más allá de la atmósfera, y que orbitase alrededor de la Tierra como una luna indefinidamente. Pero no lo conseguí, y creo que le di de lleno en la cabeza a un faraón egipcio, porque en un santiamén teníamos el del impermeable y yo a todo un ejército de soldados y dioses del Antiguo Egipto pisándonos los talones, como si fuéramos esclavos judíos cruzando el mar Rojo. Pensé en esconderme tras alguna de aquellas rocas de la costa, pero vi tan numeroso al ejército tras de mí, que pensé que bien era posible que hubiese al menos un guerrero por cada roca, y en tal caso a la larga darían conmigo y con el hombre del impermeable para irremisiblemente llevarnos al circo a que nos devoraran los leones. Mi segundo pensamiento, en mitad de aquel éxodo bíblico, fue que aquella determinación de arrojarnos a los leones (como a dos cristianos) habría sido más propia de los romanos que de los egipcios, quienes más probablemente nos condenarían a trabajos forzados en el solar de una pirámide, o nos encerrarían hasta morir de inanición en el fondo de un templo, cuando no nos ensartarían allí mismo por haber tenido la mala fortuna de acertarle con un palo al Faraón en su desnuda cabeza.
No sé qué fue del hombre del impermeable, lo perdí de vista en algún momento de la huida, pero el destino tuvo piedad de mí, y emulando a Moisés dejé atrás a los egipcios al llegar a las tierras de Arabia, donde ya había amanecido un nuevo día. Puesto que había perdido mi mochila y con ella todas mis pertenencias, me encaminé al bazar para hacerme con lo necesario para mi subsistencia. Quería buscar alimento y ropa, pero acabé buscándola a ella, a la mujer rubia de ojos azules, y pregunté por su paradero en cada una de las tiendas del bazar sin encontrar una sola pista. En una librería, una dependienta muy atractiva me dijo que no podía ayudarme con mi búsqueda, pero que tenía un libro reservado para mí en la rebotica. Salió con lo que me pareció un extraño paquete de tabaco, que resultó ser un diminuto ejemplar de bolsillo de una obra titulada Anacrusa. Un cliente que estaba a mi derecha me dijo que él no había leído el libro, pero que igualmente me animaba a comprarlo, que aquella librera siempre acertaba asignando lecturas a los demás.
—A mí me dio a leer uno de un filósofo alemán. No sé qué de Zaratustra.
—¿Así habló Zaratustra? —le pregunté.
—Ese mismo.
—El que yo te ofrezco —intervino la librera— está escrito no por Nietzsche, sino por el propio Zoroastro o Zaratustra.
Me fijé en la cubierta minúscula de aquel libro. Representaba la figura de un hombre desnudo cuya piel era color celeste, parecía un pitufo muy humano. Lo compré y salí de la tienda.
Supe que había sido una estupidez preguntar por la mujer de ojos azules en un bazar de la lejana Arabia, así que decidí volver a la ciudad donde la había encontrado la mañana anterior, con la esperanza de que los egipcios no me buscaran en la misma boca del lobo. Llegué al litoral rocoso donde se inició mi éxodo, vagué por las mismas calles angostas a la luz del día tratando de pasar desapercibido entre el gentío. Oí que en una cabina sonaba el teléfono y corrí a descolgarlo.
—La lógica es propia del mundo tangible —dijo una voz desconocida, no supe si de hombre o de mujer, al otro lado del auricular—. Quienes hablan y piensan con la lógica nunca trascienden sus fronteras. Pero si buscas respuestas las encontrarás en las miradas de la gente.
—¿Con quién hablo?
Clic.
Salí de la cabina meditabundo y entré en una casa donde cuatro jóvenes estudiantes, todos varones, estaban tratando de resolver un puzle o un rompecabezas. Se trataba de formar un cuadrado perfecto utilizando todas y cada una de las piezas del rompecabezas: triángulos de varios tamaños, un trapezoide… En poco tiempo lo tuvimos listo entre los cinco, y pusimos nuestras firmas en la cara posterior. Eran chicos simpáticos y conocían a la mujer de ojos azules. Me dijeron que era una mujer tan difícil de conquistar que parecía lesbiana o asexual, que todos ellos lo habían intentado sin conseguirlo y que jamás se la había visto con un novio. Me recomendaron que la olvidara.
Me despedí y deambulé nuevamente por aquellas calles abarrotadas, y estuve fijándome en las miradas de la gente tal y como había sugerido la voz del teléfono, y algunos transeúntes me devolvían la mirada extrañados, pero otros iban cabizbajos o despistados con sus asuntos. Iba yo pensando que quizá fuera cierto que existía otro mundo más allá de lo tangible, pero que no era en absoluto como todos habían imaginado.

17 de agosto de 2011

Si sigues al viento, arena esparcida,
si la cuerda que te abraza es vencida,
píntame una estela.
Si sigues al viento, barco de vela.

Pintame una estela, si ahora te borras,
para que así me oriente y la recorra.
O prende una hoguera,
si ahora te borras, si no me esperas.

Prende una hoguera, pero no me quemes
el cuerpo, haciendo lo que el alma teme.
Si vas con el viento
como arena, barco, fuego y aliento.

No temas a las sombras
si el aire te lleva como a una leve cometa,
si vas con tu cola de luz a alumbrar los planetas,
que mi sangre riega el suelo y la noche se agrieta,
que liberadas de sus cárceles ya vuelan
mis alas, detrás de tu estela.

15 de agosto de 2011

Tengo huracanes que ululan en sueños
cuando duermen en el lecho de tus pupilas,
y una llave de plata perdida en la sima
que se abre en los yermos páramos de mi tiempo.

También raíces que clavan mis manos
a un madero en cruz que se dibuja en tu vientre,
y una sonrisa de Cheshire en las paredes
del ataúd con los otoños que he olvidado.

Faros que no me alumbraron tu orilla
proyectan una sombra en el mar aledaño,
donde en su bote de poesía va a la deriva

la voz que se apaga contra un viento salado,
la palabra que late en la insidiosa herida:
el verso que cual grito ha de morir ahogado.

24 de junio de 2011

que estamos hechos de polvo viejo de inanición,
extravagante espectáculo de jarrones rotos y ferrocarriles
que se desdoblan con el calor de fraguas hostiles;
que escuchamos lejos los cantos huidizos de tibios faros
que pisan escarcha en medio de un arsenal que rezuma sangre
que rezuma pus y olor a jarabe de opio adulterado,
que vendemos metálicos vasos de tinta china
y los vertemos en fangosas escaleras de caracol
que llevan hasta paraísos y dioses de papel de periódico quemado,
que obstinados nos hundimos en ruidosos tarros de abejas
zumbando descoloridas y furiosas en las esquinas
mientras paramos un taxi con los pies embarrados,
que acuchillamos y asesinamos la carne de buzones obesos
que nos miran con ojos trémulos y grasientos por tanta venganza
impresa en acuses de recibo y tarjetas hechas con nuestras alas,
que encadenamos a los postes de luz de las carreteras
a los perros callejeros que beben el sudor de un saxofonista ebrio
que aúlla en el arrabal al oír tras de sí los pasos que lo persiguen,
que hacemos rondas tras la sombra de los serenos y los lavabos
pulidos con marfil y lágrimas viscosas de color azul
y de desquiciados alaridos de sed y de convulsiones febriles,
que engullimos a las estrellas iconoclastas que vomitan tarántulas
en máquinas de escribir con la concienzuda incoherencia
que exhiben los gatunos profetas en un éxtasis maníaco,
que acomplejados de nuestras manos andamos incendiando parques
y sumándonos a la fila india de linternas anónimas y sin rumbo
bajo cielos rojos y violetas arañados por los pararrayos,
que con diabólica convicción nos entregamos a tahúres
que en campos de concentración nos ocultan hedientas vísceras
tras biombos de filigrana y de seda y de cabello humano.

4 de junio de 2011

Silencio

Qué trabas y alegrías
te habrán puesto estos años,
qué monstruos encaró tu rebeldía,
cuánta sangre costó cada peldaño,
qué fuegos han lamido tus entrañas,
y cuántas verdades y héroes cayeron
despeñados por sus propias montañas.
Qué traidores te besaron primero,
cuántos buques viejos no te esperaron;
o qué ausencia dejaste en cada muelle
para andar sin estrellas y sin faros
cuestionando guiones, roles y leyes.
Y cuántas veces fue el tiempo a llevarte,
describiendo sus círculos y rectas,
por cada página y punto y aparte
de la vida como la obra imperfecta.
Y cuántas veces te viste privado
de aquel sol que tocaste con el dedo
que estalló como un foco apedreado
que apaga la calle y enciende el miedo:

miedo al incendio que todo lo quema,
al silencio que desvela el tictac
tejiendo su mortal estratagema,
para que venga vestido de frac,
con sus propias manos a darte caza,
el último guerrero que te trate,
la última herida que te hagan las lanzas,
una jugada para jaque mate.
Has visto los hilos del bien y el mal
enredarse en las fauces de este mundo,
y en tus huesos sopla el aire glacial
que espira por la tarde el moribundo.

18 de mayo de 2011

Soneto 1

Hoy quiero ser un líquido que fluye
como fluye la sangre de mis venas,
disolver al émbolo que me obstruye:
el miedo, los prejuicios y las penas.

Hoy quiero borrar la férrea cuadrícula
que me dicta endecasílabo el verso.
No quiero ser invierno ni canícula,
ni uno ni dos, ni palma ni reverso.

Quiero ser el remolino en la espuma,
un castillo de arena, una hoja seca,
un pegote de tinta en esta pluma,

una emoción en lugar de una mueca,
el sueño que se teje con la bruma.
Quiero arrancarle el pelo a tu muñ… romper tu maldito soneto.

5 de mayo de 2011

El lenguaje se me desfigura cuando quiero ir más allá de la dimensión lógica y sensorial, porque los seres humanos no hemos inventado todavía esas otras palabras precisas. Aún nos falta el diccionario, el vocabulario de lo que se ha llamado "inefable"; y recurrimos a comparaciones, pintamos imágenes inconexas, recurrimos a recuerdos, jugamos con la sonoridad de las palabras, con colores, con notas musicales... Tratamos de aprehender el lado de allá con las herramientas del lado de acá, el lado de las cosas que tienen nombre; y a ese intento lo llamamos poesía, música, teatro, cine o arte.

13 de marzo de 2011

Ritmo

Un cristal frágil se ha roto.
El volcán se despertó,
la tierra tembló con un grito.
El humo negro cubrió el cielo azul,
el fuego pintó de rojo el bosque y la hierba.

El animal salvaje respira al compás.
Inspira y el aire se contrae,
espira y el aire reposa.
Y el corazón que va detrás del péndulo:
ahora la sístole, y el mundo expectante;
ahora la diástole, y el mundo se duerme.

El mar.
Viene la ola y se llena de su ímpetu.
La ola se rompe y vuelta a empezar.
Otro pulso contra la orilla,
otra violenta bofetada de agua,
agua que vuela y se pierde en el viento.

Y de repente ya no hay nada.
Un instante congelado.
El péndulo alcanza el extremo
de la curva que dibuja.
Un instante justo antes de desandar,
un instante hasta el latido subsiguiente,
un instante de apnea.
El suicida hace equilibrio en la cornisa,
una rama seca se dobla con el viento.

Un gatillo se va tensando en la mano del hombre.

19 de febrero de 2011

El noctámbulo

Bastaba salir de noche y dejarse caer por las calles vacías siguiendo las tenues señales que le susurraba el instinto, para que lo invadiera como un júbilo inexplicable, un alivio igual al que podría sentir si lograra silenciar al mundo con un dedo en los labios, o si apedreara una bombilla demasiado luminosa. En apariencia, su paseo era más bien una deriva; era fácil suponerlo sin norte entre las farolas, dando repentinamente una media vuelta para desandar lo andado, tomando el puente que acababa de llevarlo a esta orilla, torciendo dos veces la misma esquina para sonriéndose volver a pisar el mismo pequeño charco de orines; era natural tomarlo por demente cuando se quedaba mirando al cielo y se iba tropezando con los bordillos, o si salía corriendo sin motivo a toda velocidad y se paraba a continuación un largo rato para ponerse a trazar círculos en la acera con la punta del pie; quizá su paseo pareciese no tener el menor sentido, pero en realidad todo no era sino un ejercicio de terca y radical libertad. Alejado de todo, practicaba lo que tomaba por un espléndido y meritorio arte: el de saber escuchar las voces de su voluntad para obedecerlas categóricamente, y así convertir su paseo en poco menos que un cuadro abstracto o una improvisación de jazz. Y cuanto más ocurrente y original fuese la siguiente determinación en su paseo, tanto más se felicitaba a sí mismo por su ingenio.

11 de febrero de 2011

Tú con las nubes

Dijeron ayer que llegaste
de la mano de las lluvias de mayo,
que ibas en busca de un contraste,
un claro en las nubes grises, un rayo
de mil luciérnagas volando
sobre los nenúfares, cuando
te arrullan los grillos entre los tallos.
Y con la melena calada,
con ojos como pozos de deseos,
llegaste pero no vi nada
con mis gríngolas y esposas de reo.
Y ahora en esta yerma mente
consigue arraigar tu simiente,
y brotan palabras y hojas de té.
Tú con esas lluvias de mayo,
yo con mis anteojeras de caballo,
aquella vez que te encontré.

Contaron ayer que escuchabas
con la candidez de los forasteros,
y te querían como esclava
un perro apuesto y un hombre faldero.
Con tu mirada de vidente
te anticipaste a la corriente
para que no se hundiera tu velero.
Y te fuiste por los meandros,
mecida por el río de otras manos,
como Hermia con su Lisandro.
El sueño de una noche de verano
se extendió por otras quinientas.
Quizá es que te encontré contenta,
o fue que me olvidé de ti.
Siempre tú y tu intuición profética,
yo y mi maldita lógica aritmética,
cuando esa vez te conocí.

Dicen que das con mi portal,
ahora que se agrietan mis espejos,
con una aurora boreal
y aquel fuego fatuo del bosque viejo
que huyó contigo en la ribera,
que me dejó en sombra y ceguera,
y que ahora alumbra con un reflejo
un par de cuentas de cristal
temblando sobre tu brocal.
Quizá es que otra vez llueve afuera
y es la primera vez que nos miramos.
Si no hay direcciones certeras,
si vamos a atender este reclamo,
si me arrullan los grillos a tu vera,
si nos despertamos muertos de frío,
tú con tus sueños y yo con los míos,
dime esta vez qué nos espera.

9 de febrero de 2011

El ave y el árbol

Vino a guarecerse bajo las ramas
del árbol más frondoso que encontró:
“Protégeme del furioso ciclón,
abre la puerta que conduce a tu alma”.
Él quiso tender su leñosa mano,
y la abrigó entre hojas de árbol anciano.

El ave quiso saber, y escuchó
su murmullo, y se bebió los licores
de madera mojada, hierba y flores.
Ella habló del mar que sobrevoló,
de cada desierto, montaña y prado:
“No descansé hasta que te hube encontrado”.

Duró el temporal lo que media vida.
Se agitaba el mundo pero encontraron
cobijo en burbujas de cristal claro,
y los dos olvidaron la salida,
y una lumbre frágil tembló en su intento
de aguantar la acometida del viento.

Querían ser un cuadro en lugar de un drama,
existir como las cosas inertes
que con la belleza huyen de la muerte,
rebelarse a las estrellas que exclaman
adioses en su veloz estampida,
que hiela y que deja piel hendida.

Pero al amanecer llegó el invierno,
estalló la pompa y ella voló,
se llevó los colores y lloró
por dejar al árbol en un averno,
donde aún espera un final de la historia
en que regrese el ave migratoria
con otro ciclón debajo del ala,
y cálida se lleve la blancura
depositada en lo que fue espesura.
Caen hojas como lágrimas resbalan,
Sin ella el bosque, herido por la nada,
será siempre una planicie nevada.

3 de enero de 2011

Miro hacia atrás, hacia los años, lejos,
y se me ahonda tanta perspectiva
que del confín apenas sigue viva
la vaga imagen sobre mis espejos.

Aún vuelan, sin embargo, los vencejos
en torno de unas torres, y allá arriba
persiste mi niñez contemplativa.
Ya son buen vino mis viñedos viejos.

Fortuna adversa o próspera no auguro.
Por ahora me ahínco en mi presente,
y aunque sé lo que sé, mi afán no taso.

Ante los ojos, mientras, el futuro
se me adelgaza delicadamente,
más difícil, más frágil, más escaso.

Jorge Guillén

29 de noviembre de 2010

Una rara y hereditaria condición

Nosotros, casi siempre respetuosos con las normas que nos vamos imponiendo continuamente —convencionalismos la mayoría, unas costumbres sociales sin base lógica suficiente—, sufrimos en raras ocasiones como un impulso de súbita rebeldía que nos obliga a hacer algo levemente anómalo, casi siempre para estupefacción de los presentes, que suelen ser conocidos que nos tienen por gente de intachables rectitud y sentido del decoro (y nos ven así gracias a que, como digo, los episodios son infrecuentes, o lo son por lo pronto). No me refiero a que cometamos infracciones o delitos, hasta la fecha ningún miembro de mi familia ha tenido roces con la ley, hablo de alguna excentricidad que, aunque pueda resultar intolerable en medio de un entorno de formalidad, no conlleva grandes repercusiones, quizá solamente que tengamos que cambiar de vida o de contactos para no empañar nuestra cuidada imagen. Uno de los más notorios fue el caso de mi tío Ernesto, un prestigioso doctor en Historia Europea por la Universidad de Berlín, que estando un día dando una conferencia en Londres a la que asistió el señor Primer Ministro, no pudo evitar la tentación de decir su discurso dándole la espalda al respetado público durante toda la hora y media que duró, estando por lo demás impecable. No tuvo manera de explicarse después, no logró convencer a nadie de que si estuvo todo el rato hablándole a una pared y a unos cuadros no fue por capricho ni por mala educación sino por imposición de alguna maldición interior; así que todos lo tomaron por una afrenta, y la anécdota se publicó en los diarios con toda clase de conjeturas sobre una supuesta aprensión de mi tío hacia el país, el Ministro y hasta a la Corona con toda su casta al completo, cuando no lo ponían de loco de atar. O también el caso de mi hermana menor Cristina, que ahora escribe cuentos y poemas infantiles, y ha logrado romper con su editorial y con todos los lectores al aparecer vestida con un atuendo de sadomasoquista en una firma de libros en que debió leer cuentos y hacerse fotos con los niños de todos los indignados asistentes. Nadie comprende cómo pudo ser que mi hermana hiciera añicos de ese modo la confianza de la gente, mi hermana la encantadora y educada, una dama de pies a cabeza vestida así con apenas tres palmos de cuero negro delante de los niños y tan gratuitamente, ni ella misma se lo explica ni ninguno de la familia, como tampoco nos explicamos ningún otro capítulo impredecible de nuestras vidas, tan desdichadas a veces por culpa de este mal. No hay en nosotros ninguna intención, podría jurar que mi tío se moría por dentro durante aquella fatídica conferencia, podría poner la mano en el fuego y decir que Cristina estaba horrorizada de verse entrar en aquella tienda para hacerse con lencería erótica y un látigo. Es inevitable, de pronto la idea aparece en la mente como una obsesión y allí echa raíces, cualquier intento de evadir el plan es inútil, nos volvemos unos autómatas llenos de ingenio para una trasgresión que no está en nuestra personalidad y que nos llena de angustia. Yo temo por mí mismo, temo que un día me levante por la mañana con Dios sabe qué idea descabellada que ponga en riesgo a todo el equipo de bomberos del que soy jefe. Dígame qué puedo hacer, doctor, si existe alguna medida, una terapia, unas pastillas, electroshock, me someto a lo que sea. No me puedo permitir esta incertidumbre, no puede pasar que mañana me dé por inundar... qué sé yo… el Palacio de Congresos, por ejemplo. Inundar el Congreso, inundarlo, inundar el Congreso, ¿me entiende? No puedo irme mañana a inundar el Congreso con agua a presión, con todos los diputados durante un pleno, y llenarlo todo de agua y mojarlos a todos, hasta que no quede seco ni un romano, ponerlos a todos hasta el culo de agua, ¡hasta el culo de agua, doctor! El Congreso, sí, inundar…

4 de octubre de 2010

Opiniones enfrentadas

Parece que para convertir a alguien en un enemigo, basta con que le llevemos la contraria. Hoy parece que nadie tolera nunca opiniones enfrentadas, a los oradores se les dispara enseguida una alarma en el cerebro, se revuelven en sus asientos y balbucean argumentos miles hasta que su público queda hastiado y se esfuma y se quedan ellos rumiando con la mente las mismas explicaciones que han caído en saco roto. Es frecuente que pierdan los papeles, como si a los seres humanos nos hubiera quedado como un reflejo, una respuesta estereotipada y automática por la cual percibimos como enemigo a todo aquel que nos contradiga, y se interpreta que es una amenaza o afrenta no ya toda réplica que los ponga en entredicho, sino cualquier matiz que se quiera aportar a un discurso casual. No, no se puede estar en desacuerdo con nadie sin ponerlo nervioso y aun iracundo, hay que andar con pies de plomo, como si las opiniones fueran armas o insultos que se nos puedan escapar, como si fuese de mal gusto tener el criterio contrario o sólo diferente y tuviera uno que guardárselo siempre para no ser visto como un bronco agitador. Por supuesto que también los hay de este tipo: gente que encuentra el más alto placer despreciando y ridiculizando a cuantos oyen para calmar sus crueles ansias de dominación y sentir cómo sus iguales se vuelven corderos sometidos, personas con un gusto morboso por la discusión vehemente (que nunca se permiten “perder”, tal es su vanidad), gente que es incapaz de contenerse y no transformar cualquier debate en un acalorado enfrentamiento en el que ya nadie escucha nada ni quiere llegar ya a ningún acuerdo ni conclusión, en el que sólo cuenta quién tiene la última palabra y quién se impone a quién. Es la misma intolerancia, el mismo germen violento, aquí sí se detecta la intención gratuitamente provocadora. El relativismo que nos ha infectado lo reduce todo a una lucha de titanes inamovibles, donde el único logro posible es acabar la discusión sin haber reconocido al interlocutor ni la más mínima y evidente de las afirmaciones, habiendo sido lo más despreciativos y lo más sordos y tercos que se pueda. Llegados a este punto, he visto que muchos optan por guardar un silencio indefinido, todo lo conceden, y hacen como si estuvieran en misa asintiendo con la cabeza ante el sermón del cura. Parece que no les queda otra opción a estos hombres de paz, pero qué triste es que ya no podamos hablar de nada sin desatar la cólera visceral o sin provocar a algún fanático. Sólo es hablar, pero hablando ya no se entiende la gente, parece que estuviéramos en el Congreso, los políticos han debido de transmitirnos esa enfermedad de sofistas (pero en política son las reglas del juego, nadie pretende moverse de su sitio, lo cual hace que toda argumentación se vuelva inútil). O quizá es que nunca un pueblo estuvo mejor representado como lo está por los diputados, y seguimos viviendo como en los años treinta, hablando como si al hablar nos hiciéramos de nuevo la guerra fraticida.

18 de septiembre de 2010

La existencia es como situarse entre dos espejos enfrentados. Es fascinante observarse a uno mismo repetido mil veces hasta donde alcanza la vista. Sabemos que por lejos que miremos, siempre habrá otra imagen subsiguiente, sabemos que la fila india no tiene principio ni final; y la muerte está quizá en límite donde nuestro último yo roza el infinito.

26 de agosto de 2010

5. Haga el esfuerzo de hacer lo que quiera, sea obediente y haga caso siempre de su voluntad y de nada más.

12 de julio de 2010

Brooklyn

Pero cuando me hablas habrás de saber que tu voz tiene que abrirse camino en un concierto multitudinario que resuena en mí. Repentinamente me miras, y el coro se apacigua para dejarte hacer tu soliloquio, your thing, y asumes un momento el peso de la obra que ahora se decide a acompañarte, a tenderte unos acordes sobre los que navegar libremente. Cada uno de tus susurros llega montado sobre una ola de mis pensamientos: por qué otra vez me miras de esa manera, qué te lleva a hablarme de esto ahora, quieres que vuelva a acordarme de las mismas cosas en que tú pensabas hace un rato acodada en la vereda, esas imágenes comunes que ya van siendo frágiles y pesadas y queremos rescatar, pero que ya se están borrando para mi escándalo. Pero cómo puede borrarse un rostro si antes era como una fotografía preciosa que guardábamos celosamente detrás de los ojos, cómo puede algo desaparecer tan sencillamente si por lógica nada cambia y todo es tan perpetuo como el álgebra o la gravedad —yo siempre te hablaba con la lógica de los ojos cerrados, pero también era verdad lo que decías cuando, en un arrebato de empirismo, me señalabas una cana y me contabas aquello de que nunca se bebe dos veces del mismo río, que si Heráclito, que si una noria…—, y cómo puede ser que nos hayamos quedado así con los pies pegados al suelo y oteando el horizonte, murmurando lo de que allí sigue el tren cada vez más lejos, lo de que aún se ve un poco el humo de la locomotora que tiraba de nuestra vida de antes. Sigues hablando y me alcanzas un poco de ese humo, y también la certeza de que en aquel entonces nunca me hablabas así, o sólo lo hacías por escrito para que no se dijera, pues qué férreas se hacían las cadenas de la gente que nos miraba en una época en que siempre le dábamos importancia a todo, cómo nos habían anquilosado con torpes indicaciones de “cómo se ha de vivir”, qué frío era aquel hielo que nos había petrificado a cada uno en un lado de la ciudad; y yo maldiciendo los tejados que se contaban hasta el tuyo, conviviendo con posos de café y papeles fastidiosos, cada vez más papeles que estudiábamos callados en nuestros cuartos todo el tiempo mientras se amontonaban y nos sometían; y eso era la responsabilidad: pensar en esos papeles en lugar de pensar en que te había encontrado muy callada esa mañana, o en lugar de escribirte. Por supuesto que lo hacía de todos modos con incansable apego, porque furtivamente tu nombre se colaba entre esos papeles y entre mi ropa y me hacía perder el hilo de todo. Yo entonces estaba como ido, me planteaba un rompecabezas recurrente cuyas piezas iban transformándose cada vez que me aproximaba a una solución, y esta solución unas veces consistía en la imagen de tus pasos bajando las escaleras para recibirme, pero otras veces era que te reías con algo que yo no podía ver y te perdía la pista.
Mucho después un gigante se armó de un colosal pico para hacer volar en pedazos nuestra vieja conocida torre de Babel, y entonces empezamos a hablar el mismo idioma, y ahora ya sí, ya puedes mirarme y hablarme porque por fin nos hemos entendido, por fin la orquesta ha elegido el mismo tono que tus palabras, y creo que a eso lo llaman armonía, y creo que en algún momento tuvimos que intuir que en eso estaba la belleza. Pero fíjate cómo vuelvo con la música otra vez, siempre tocábamos el mismo tema, siempre la música, siempre Brooklyn, siempre los libros y siempre las películas, siempre todas las distracciones posibles para que no hablaras de ti misma o de si todo aquello estaba bien, de si nos gustaba estar apenas rozándonos con la punta de los dedos mientras algo intentaba alejarnos a rastras. Me exasperaba ese diálogo de vecinos que coinciden en el ascensor, ese saludo impersonal como de ejecutivos de chaqueta y corbata, esas fórmulas para calzarnos dentro de lo corriente; la sangre se me helaba y tenía que alejarme y dedicarme a otros asuntos con la cabeza gacha y pensando: de qué ha servido tanto rompecabezas, no sé escudriñar en tus gestos, no puedo leerte entre líneas, no sirve de nada este terco insomnio si no voy a dar con la frase que me falta esta noche. Después, un día cualquiera, me topaba con tu firma en el buzón y comprobaba que estaba como mojada, y a una centena de tejados de distancia era como verte despertar de un mal sueño con el corazón acelerado y buscándome en la sombra, comprobando a tientas que yo seguía allí para que me hablaras; y había que enjugarte la frente para que te durmieras, y repetirte lo que leíste un día que te había parecido tan hermoso: aquello de que volabas a tal altura en tu avioneta que incluso llegabas a mirar las estrellas por debajo de ti. Sin duda te habrás acordado de eso antes en la vereda cuando me señalabas las constelaciones, y también ahora cuando te pido que continúes, ahora que has querido devolverme aquel humo del horizonte, esta fotografía que para mi escándalo se está borrando detrás de los ojos con lentitud e inexorablemente.

2 de junio de 2010

Es horrible el fuego. Cada árbol que se quema también acerca las llamas a su vecino, y así es a la vez el fin y el medio, la víctima y el cómplice del aire asesino. A veces el viento sopla con fuerza, aviva las llamas y agita las copas de los árboles; y una nube de hojas y ramitas incandescentes sale volando hasta otro lugar del bosque, algo como un enjambre de bichos endemoniados de color rojo y negro, los propagadores de la muerte, los agentes de la metástasis. Qué enfermedad fatal. Qué dorada y cálida epidemia de calcinación.

1 de junio de 2010

Rayuela. Capítulo 143

Por la mañana, obstinados todavía en la duermevela que el chirrido horripilante del despertador no alcanzaba a cambiarles por la filosa vigilia, se contaban fielmente los sueños de la noche. Cabeza contra cabeza, acariciándose, confundiendo las piernas y las manos, se esforzaban por traducir con palabras del mundo de fuera todo lo que habían vivido en las horas de tiniebla. A Traveler, un amigo de juventud de Oliveira, lo fascinaban los sueños de Talita, su boca crispada o sonriente según el relato, los gestos y exclamaciones con que lo acentuaba, sus ingenuas conjeturas sobre la razón y el sentido de sus sueños. Después le tocaba a él contar los suyos, y a veces a mitad de un relato sus manos empezaban a acariciarse y pasaban de los sueños al amor, se dormían de nuevo, llegaban tarde a todas partes.
Oyendo a Talita, su voz un poco pegajosa de sueño, mirando su pelo derramado en la almohada, Traveler se asombraba de que todo eso pudiera ser así. Estiraba un dedo, tocaba la sien, la frente de Talita («Y entonces mi hermana era mi tía Irene, pero no estoy segura»), comprobaba la barrera a tan pocos centímetros de su propia cabeza («Y yo estaba desnudo en un pajonal y veía el río lívido que subía, una ola gigantesca…»). Habían dormido con las cabezas tocándose y ahí, en esa inmediatez física, en la coincidencia casi total de las actitudes, las posiciones, el aliento, la misma habitación, la misma almohada, la misma oscuridad, el mismo tictac, los mismos estímulos de la calle y la ciudad, las mismas radiaciones magnéticas, la misma marca de café, la misma conjunción estelar, la misma noche para los dos, ahí estrechamente abrazados, habían soñado sueños distintos, habían vivido aventuras disímiles, el uno había sonreído mientras la otra huía aterrada, el uno había vuelto a rendir un examen de álgebra mientras la otra llegaba a una ciudad de piedras blancas.
En el recuerdo matinal Talita ponía placer o congoja, pero Traveler se obstinaba secretamente en buscar las correspondencias. ¿Cómo era posible que la compañía diurna desembocara inevitablemente en ese divorcio, esa soledad inadmisible del soñante? A veces su imagen formaba parte de los sueños de Talita, o la imagen de Talita compartía el horror de una pesadilla de Traveler. Pero ellos no lo sabían, era necesario que el otro lo contara al despertar: «Entonces vos me agarrabas de la mano y me decías…» Y Traveler descubría que mientras en el sueño de Talita él le había agarrado la mano y le había hablado, en su propio sueño estaba acostado con la mejor amiga de Talita o hablando con el director del circo «Las Estrellas» o nadando en Mar del Plata. La presencia de su fantasma en el sueño ajeno lo rebajaba a un mero material de trabajo, sin prevalencia alguna sobre los maniquíes, las ciudades desconocidas, las estaciones de ferrocarril, las escalinatas, toda la utilería de los simulacros nocturnos. Unido a Talita, envolviéndole la cara y la cabeza con los dedos y los labios, Traveler sentía la barrera infranqueable, la distancia vertiginosa que ni el amor podía salvar. Durante mucho tiempo esperó un milagro, que el sueño de Talita iba a contarle por la mañana fuese también lo que él había soñado. Lo esperó, lo incitó, lo provocó apelando a todas las analogías posibles, buscando semejanzas que bruscamente lo llevaran a un reconocimiento. Sólo una vez, sin que Talita le diera la menor importancia, soñaron sueños análogos. Talita habló de un hotel al que iban ella y su madre y al que había que entrar llevando cada cual su silla. Traveler recordó entonces su sueño: un hotel sin baños, que lo obligaba a cruzar una estación de ferrocarril con una toalla para ir a bañarse a algún lugar impreciso. Se lo dijo: «Casi soñamos el mismo sueño, estábamos en un hotel sin sillas y sin baños». Talita se rió divertida, ya era hora de levantarse, una vergüenza ser tan haraganes.
Traveler siguió confiando y esperando cada vez menos. Los sueños volvieron, cada uno por su lado. Las cabezas dormían tocándose y en cada una se alzaba el telón sobre un escenario diferente. Traveler pensó irónicamente que parecían los cines contiguos de la calle Lavalle, y alejó del todo su esperanza. No tenía ninguna fe en que ocurriera lo que deseaba, y sabía que sin fe no ocurriría. Sabía que sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe casi siempre tampoco.

Julio Cortázar

31 de mayo de 2010

4. Aplíquese siempre la presunción de inocencia: mejor ser ingenuos antes que injustos. E insistimos: todo prejuicio es una forma de injusticia.

Distancia insalvable

Hay una coraza, un muro kilométrico que nos mantiene incomunicados. Hay, tal vez, un miedo innato, o quizá una natural incomprensión que se extiende mucho más allá de la mera divergencia de las lenguas: el castigo por la Torre de Babel era más que eso. Al hablar, me parece que el oyente y el canal por el que hablo son activos y afectan al mensaje, me lo roban y lo transforman y así me desplazan en mi papel de emisor como supuesto dueño de lo que digo. Nota de Marías: "O basta con haberlo enunciado para que ya lo desfigure al recogerlo el aire".
Lo que no se oye es equivalente a lo que no se dice. Lo que no se ha oído, jamás se ha dicho. Diálogo de sordos: el mensaje que entreteje el emisor dista mucho de parecerse al mensaje que asimila el receptor.
No se puede pretender ahora el entendimiento. Pintaremos un cuadro abstracto que impresionará de manera distinta a cada observador, y habrá tantos mensajes como observadores haya. Arte, sólo eso: comunicación imperfecta pero no baldía. No habrá transferencia de datos sino impresiones subjetivas, no habrá rastro del ideal matemático aquel del fotón que partió perfecto de A para llegar perfecto a B, no habrá más que un eterno drama de voces apagadas y enigmáticas y altisonantes en mitad de un páramo solitario y frío, una planicie nevada.
Altamente subjetivo:
Los propósitos se cumplen a veces, los sueños jamás.
Pero no caigamos en aforismos tuertos en nuestro afán de resumir, no renunciemos a matizar. No se puede vivir sin sueños. ¿Sueño?
Por un lado, la privación del sueño (acto de dormir) provoca la muerte ("sueño eterno", otra ironía). Por otro, consideremos la necesidad del sueño como "ensueño" o representación fantástica del que duerme. ¿Pueden los sueños ser separados del sueño? ¡Frecuentemente se nos olvida qué hemos soñado! Y además: frecuentemente se nos olvida que hemos soñado. Pero difícilmente dejaríamos de echar en falta los sueños si desaparecieran largo tiempo, vendrían volando desde el olvido, brillando por su ausencia.
Aunque soñar equivale a veces a anhelar lo improbable (improbable, sí), y "lo improbable" es también un sueño, es decir, una representación mental, a menudo fantástica o disparatada, pero que en última instancia constituye el único motor que mueve la rueda quebradiza de la vida, y sin ella estaríamos condenados a la parálisis por indecisión.

30 de mayo de 2010

3. "El infierno son los demás". Haga un ejercicio de tolerancia: comprenda que todo individuo está siempre solo y en desacuerdo con aquellos con quienes ha de convivir.

29 de mayo de 2010

2. Ejercítese en detectar los comportamientos y actitudes estereotipadas e indague su sentido.
1. Mediante una relajada introspección, trate de localizar el mayor número de prejuicios, para destruirlos a continuación.