13 de febrero de 2017

No te poses en silencio en mi ventana,
flightless bird, ¿ya te perdí?
No te poses como se posan los pájaros de la casualidad,
tibiamente en el costado de la belleza,
que el azar es un cisne negro que pisa en el hielo y lo rompe,
y de los pedazos escribe un poema.
Lindísima con las alas al viento,
es tan fácil pintarte esta noche,
que tu vientre se me anuda en una soga,
una cuerda metálica y azul que sabe a vino derramado.
No me llores, pregunta por mí tú que vas por las nubes,
que me da vértigo caerme en el cielo como un globo,
que me han soltado las manos de un niño,
que se ve tan pequeña nuestra casa desde aquí, amor,
y tengo miedo.
Que no te laman las llamas del silencio,
fuego invisible quemando en las manos que ahora me agarran el rostro de cera.
Y es tan atroz en los oídos tu nombre,
que se me acerca inexorable una luna verde,
y hasta que un bicho se detenga de golpe,
dando en el tallo con un hacha implacable.
Volverá a nacer
respirando hondo en el mar del sur,
en una arena de flores de cerezo y amapola,
de latidos de timbales que el levante arremolina y enreda,
de temblores ígneos bajo los pies del peregrino.
Volverá a nacer,
en las brutales insignias que atesoran las gargantas,
en los cálices de savia incandescente,
savia que será vertida otra vez sobre un sol que estará eclosionando.
Y entonces el cielo ya no será más un abismo sino un manto de estrellas.

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