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14 de octubre de 2011

Se acomodaba en aquel sillón que tenía pegado a la ventana, y allí se pasaba horas observando y anotando todo lo que sucedía afuera, sin apenas mirar la libreta. Trataba de registrarlo todo con suma obstinación: el vuelo de los pájaros, la forma de aquella nube, el color y marca de cada coche que pasaba por su calle, el aspecto y vestimenta de cada transeúnte, los detalles de la acera, los círculos que la hojarasca trazaba cuando soplaba el viento. La tarea lo agotaba, pero trabajaba sin descanso porque no quería dejar escapar nada. Si el día era tranquilo, entonces podía concentrarse más en los detalles y escribir con mayor precisión. Si el mundo un día lo ametrallara con una manifestación, por ejemplo, no podría dar abasto y se sentiría frustrado. Con suerte sólo podría conseguir contar el número de personas que se reunieron para caminar y gritar, pero nunca estaría seguro de haber contado bien, no tendría tiempo para anotar el contenido de cada pancarta ni las veces que cada una de las personas gritó o tocó su silbato.
Pero por suerte vivía en un barrio tranquilo y aún no se había topado con algo así. Su casa era una de esas con un jardín muy pequeño, situada entre muchas otras casi idénticas. En conjunto, las casas conformaban un bosque cuadriculado y homogéneo que se extendía hasta donde llegaba su corta mirada desde la ventana. Como no podía permitirse alejarse de la casa, todo lo básico lo tenía muy a mano, y pagaba a un jovencito para que le comprara alimentos en el ultramarino. Si precisaba de algo más sofisticado que una barra de pan o algo de fruta, lo encargaba a domicilio. Había aprendido a vivir como un anacoreta, evitando siempre cualquier tarea que le supusiera perder la vigilancia de la calle. Había instalado el inodoro al lado de la ventana, cuidándose de que no se viera desde fuera. Una vez al día se daba unos minutos para archivar los datos de la jornada a toda velocidad. Se había acostumbrado a dormir muy poco, imponiéndose un régimen estricto por el cual recortaba progresivamente las horas que debía dormir. Los vecinos sospechaban que tenía agorafobia, y que por eso se enclaustraba mirando por su ventana aquella calle que no pisaría salvo por extrema necesidad. A él le gustaba pensar que observaba la calle como un científico o un documentalista, registrando sin intervenir ni alterar nada; buscando la verdad por la verdad, y por eso trataba de que no se le viera desde fuera. Cualquiera de la calle cambiaría su comportamiento si se sintiera observado. Debía ser un ojo invisible si no quería falsear sus datos.
Aquella vez, cuando llegó la noche, no pudo echarse esa breve cabezada en que se había transformado su sueño diario poco a poco. Aunque estaba agotado, no pudo resistir la tentación de seguir describiendo el murmullo del viento y el repiqueteo de la lluvia sobre los tejados. Por fortuna no tronaba, pero se iba fijando en otros detalles del espectáculo que era la tormenta. Era fascinante ver cómo iban creciendo los charcos mientras un incansable chorro de agua caía sobre ellos e iba formando en sus superficies una suerte de bultos puntiagudos y socavones y ondas que duraban un instante, se mezclaban y cambiaban de forma. Después el viento arrancaba de aquella superficie fluida un millón de gotas que volaban y se confundían en la oscuridad, o bien reflejaban la luz blanca de las farolas como si fueran un puñado de diamantes que se arrojan. Se emocionó de ver todo aquello y no pudo cerrar los ojos ni pensar en nada más. El corazón le latía con fuerza y no paraba de escribir, llenando una página tras otra con nerviosa caligrafía. La noche duró para siempre, que no la tormenta, porque la muerte vino a llevárselo en aquel momento, sin duda el más glorioso y bello de su corta existencia. Dejaba tras de sí una montaña de manuscritos sin interés alguno para nadie, una unifamiliar que se puso en venta, y la indiferencia de aquel mundo que trataba de aprehender a toda costa y que se olvidó pronto de que había existido alguien como él.

18 de agosto de 2011

Sueño número 8030

Acababa de llegar a la ciudad con mi pesada mochila a la espalda, y cuál fue mi asombrosa suerte, que antes de que fuera consciente de haberla conocido me vi paseando con una preciosa rubia de ojos azules agarrada de mi brazo izquierdo. Seguramente estuvimos hablando de fruslerías, pero yo me entusiasmé igualmente, curioseando por la espléndida ciudad y viéndome a mí mismo, un joven ensuciado y ataviado con ropa de viaje, con tan grata compañía.
A media mañana llegamos a un centro comercial y ella me anunció que quería comprarse un vestido de fiesta para estrenarlo esa misma tarde. Allí nos esperaba mi hermana, así que cuando la de los ojos azules se metió en los probadores nos quedamos los dos hermanos a solas, y no sé por qué pero no nos hablamos mucho, apenas nos saludamos. Cuando la mujer de ojos azules salió de los probadores (no tardó mucho) elogié la belleza del vestido, que era beige y largo hasta los tobillos, y nos marchamos de allí despidiéndonos de mi hermana.
La fiesta resultó ser en una catedral gótica, o tal vez era que empezaba con una misa y la verdadera fiesta venía después, seguramente se tratara de una boda o un bautizo. Ella estaba conmigo, con su nuevo vestido beige; y fue un error, pero cogiéndola de la mano me aventuré en el interior de la catedral y me puse a admirar las vidrieras y las altísimas bóvedas que coronaban la nave. Así estaba con la mirada puesta en las alturas cuando de repente me sorprendí de sentir un empujón en un hombro, o tal vez en el costado. Dos energúmenos encorbatados de aproximadamente mi edad me increpaban con insultos y me zarandeaban violentamente: vete a la mierda, hijo de puta; lárgate de aquí, perroflauta; vete con tu 15-M de los cojones a molestar a otra parte. Para ser tan devotos sois un poco agresivos, les decía yo, fijándome en que llevaban al cuello un colgante con un pequeño crucifijo de madera. Mis palabras me costaron el primer golpe en la cara. No pude por menos de defenderme, y al instante estaba enredado en una batahola de puñetazos y patadas con dos cristianos fundamentalistas.
Sintiendo en la espalda el peso de todas las miradas, incluyendo la de mi acompañante de ojos azules, salí por las puertas de la catedral con un pómulo rajado, trastabillando con las losas sueltas, sin hallar mucho consuelo en la idea de que al menos mis adversarios habían salido peor parados que yo. Me topé justo afuera con un montón de cámaras de televisión y fotógrafos de la prensa, y algún periodista me puso un micrófono en la boca. Declaré que todo lo hice en defensa propia y traté de salir de allí lo antes posible, demasiado aturdido para darme cuenta de que me había dejado la mochila dentro de la iglesia.
Vagué por calles angostas con las últimas luces de la tarde, como un perro callejero o un fugitivo. Ya era de noche cuando mis pasos dieron con un camino de terracería que llevaba hasta el mar. La luna llena y algunas escasas farolas me iluminaron un litoral todo lleno de enormes rocas que se extendían a lo largo y ancho del paisaje, para finalmente adentrarse a lo lejos en el océano, en cuyo fondo quedaban sumergidas. Se me acercó quien debía de ser la única alma viviente por aquellos parajes, alguien que pareció reconocerme, un hombre calvo y alto vestido con un impermeable gris que dijo haber presenciado la reyerta de la catedral esa tarde.
—Los cristianos de ahora —me dijo— son como los que mataron a Hipatia, no sé si habrás visto la película de Amenábar. Se lían con la lógica más elemental, serían capaces de negar la evidencia más aplastante: que cuando una piedra es arrojada al mar trazará siempre una parábola antes de zambullirse.
Tomé un palo del suelo, y tuve ganas de lanzarlo más allá del horizonte, más allá de la atmósfera, y que orbitase alrededor de la Tierra como una luna indefinidamente. Pero no lo conseguí, y creo que le di de lleno en la cabeza a un faraón egipcio, porque en un santiamén teníamos el del impermeable y yo a todo un ejército de soldados y dioses del Antiguo Egipto pisándonos los talones, como si fuéramos esclavos judíos cruzando el mar Rojo. Pensé en esconderme tras alguna de aquellas rocas de la costa, pero vi tan numeroso al ejército tras de mí, que pensé que bien era posible que hubiese al menos un guerrero por cada roca, y en tal caso a la larga darían conmigo y con el hombre del impermeable para irremisiblemente llevarnos al circo a que nos devoraran los leones. Mi segundo pensamiento, en mitad de aquel éxodo bíblico, fue que aquella determinación de arrojarnos a los leones (como a dos cristianos) habría sido más propia de los romanos que de los egipcios, quienes más probablemente nos condenarían a trabajos forzados en el solar de una pirámide, o nos encerrarían hasta morir de inanición en el fondo de un templo, cuando no nos ensartarían allí mismo por haber tenido la mala fortuna de acertarle con un palo al Faraón en su desnuda cabeza.
No sé qué fue del hombre del impermeable, lo perdí de vista en algún momento de la huida, pero el destino tuvo piedad de mí, y emulando a Moisés dejé atrás a los egipcios al llegar a las tierras de Arabia, donde ya había amanecido un nuevo día. Puesto que había perdido mi mochila y con ella todas mis pertenencias, me encaminé al bazar para hacerme con lo necesario para mi subsistencia. Quería buscar alimento y ropa, pero acabé buscándola a ella, a la mujer rubia de ojos azules, y pregunté por su paradero en cada una de las tiendas del bazar sin encontrar una sola pista. En una librería, una dependienta muy atractiva me dijo que no podía ayudarme con mi búsqueda, pero que tenía un libro reservado para mí en la rebotica. Salió con lo que me pareció un extraño paquete de tabaco, que resultó ser un diminuto ejemplar de bolsillo de una obra titulada Anacrusa. Un cliente que estaba a mi derecha me dijo que él no había leído el libro, pero que igualmente me animaba a comprarlo, que aquella librera siempre acertaba asignando lecturas a los demás.
—A mí me dio a leer uno de un filósofo alemán. No sé qué de Zaratustra.
—¿Así habló Zaratustra? —le pregunté.
—Ese mismo.
—El que yo te ofrezco —intervino la librera— está escrito no por Nietzsche, sino por el propio Zoroastro o Zaratustra.
Me fijé en la cubierta minúscula de aquel libro. Representaba la figura de un hombre desnudo cuya piel era color celeste, parecía un pitufo muy humano. Lo compré y salí de la tienda.
Supe que había sido una estupidez preguntar por la mujer de ojos azules en un bazar de la lejana Arabia, así que decidí volver a la ciudad donde la había encontrado la mañana anterior, con la esperanza de que los egipcios no me buscaran en la misma boca del lobo. Llegué al litoral rocoso donde se inició mi éxodo, vagué por las mismas calles angostas a la luz del día tratando de pasar desapercibido entre el gentío. Oí que en una cabina sonaba el teléfono y corrí a descolgarlo.
—La lógica es propia del mundo tangible —dijo una voz desconocida, no supe si de hombre o de mujer, al otro lado del auricular—. Quienes hablan y piensan con la lógica nunca trascienden sus fronteras. Pero si buscas respuestas las encontrarás en las miradas de la gente.
—¿Con quién hablo?
Clic.
Salí de la cabina meditabundo y entré en una casa donde cuatro jóvenes estudiantes, todos varones, estaban tratando de resolver un puzle o un rompecabezas. Se trataba de formar un cuadrado perfecto utilizando todas y cada una de las piezas del rompecabezas: triángulos de varios tamaños, un trapezoide… En poco tiempo lo tuvimos listo entre los cinco, y pusimos nuestras firmas en la cara posterior. Eran chicos simpáticos y conocían a la mujer de ojos azules. Me dijeron que era una mujer tan difícil de conquistar que parecía lesbiana o asexual, que todos ellos lo habían intentado sin conseguirlo y que jamás se la había visto con un novio. Me recomendaron que la olvidara.
Me despedí y deambulé nuevamente por aquellas calles abarrotadas, y estuve fijándome en las miradas de la gente tal y como había sugerido la voz del teléfono, y algunos transeúntes me devolvían la mirada extrañados, pero otros iban cabizbajos o despistados con sus asuntos. Iba yo pensando que quizá fuera cierto que existía otro mundo más allá de lo tangible, pero que no era en absoluto como todos habían imaginado.

19 de febrero de 2011

El noctámbulo

Bastaba salir de noche y dejarse caer por las calles vacías siguiendo las tenues señales que le susurraba el instinto, para que lo invadiera como un júbilo inexplicable, un alivio igual al que podría sentir si lograra silenciar al mundo con un dedo en los labios, o si apedreara una bombilla demasiado luminosa. En apariencia, su paseo era más bien una deriva; era fácil suponerlo sin norte entre las farolas, dando repentinamente una media vuelta para desandar lo andado, tomando el puente que acababa de llevarlo a esta orilla, torciendo dos veces la misma esquina para sonriéndose volver a pisar el mismo pequeño charco de orines; era natural tomarlo por demente cuando se quedaba mirando al cielo y se iba tropezando con los bordillos, o si salía corriendo sin motivo a toda velocidad y se paraba a continuación un largo rato para ponerse a trazar círculos en la acera con la punta del pie; quizá su paseo pareciese no tener el menor sentido, pero en realidad todo no era sino un ejercicio de terca y radical libertad. Alejado de todo, practicaba lo que tomaba por un espléndido y meritorio arte: el de saber escuchar las voces de su voluntad para obedecerlas categóricamente, y así convertir su paseo en poco menos que un cuadro abstracto o una improvisación de jazz. Y cuanto más ocurrente y original fuese la siguiente determinación en su paseo, tanto más se felicitaba a sí mismo por su ingenio.

29 de noviembre de 2010

Una rara y hereditaria condición

Nosotros, casi siempre respetuosos con las normas que nos vamos imponiendo continuamente —convencionalismos la mayoría, unas costumbres sociales sin base lógica suficiente—, sufrimos en raras ocasiones como un impulso de súbita rebeldía que nos obliga a hacer algo levemente anómalo, casi siempre para estupefacción de los presentes, que suelen ser conocidos que nos tienen por gente de intachables rectitud y sentido del decoro (y nos ven así gracias a que, como digo, los episodios son infrecuentes, o lo son por lo pronto). No me refiero a que cometamos infracciones o delitos, hasta la fecha ningún miembro de mi familia ha tenido roces con la ley, hablo de alguna excentricidad que, aunque pueda resultar intolerable en medio de un entorno de formalidad, no conlleva grandes repercusiones, quizá solamente que tengamos que cambiar de vida o de contactos para no empañar nuestra cuidada imagen. Uno de los más notorios fue el caso de mi tío Ernesto, un prestigioso doctor en Historia Europea por la Universidad de Berlín, que estando un día dando una conferencia en Londres a la que asistió el señor Primer Ministro, no pudo evitar la tentación de decir su discurso dándole la espalda al respetado público durante toda la hora y media que duró, estando por lo demás impecable. No tuvo manera de explicarse después, no logró convencer a nadie de que si estuvo todo el rato hablándole a una pared y a unos cuadros no fue por capricho ni por mala educación sino por imposición de alguna maldición interior; así que todos lo tomaron por una afrenta, y la anécdota se publicó en los diarios con toda clase de conjeturas sobre una supuesta aprensión de mi tío hacia el país, el Ministro y hasta a la Corona con toda su casta al completo, cuando no lo ponían de loco de atar. O también el caso de mi hermana menor Cristina, que ahora escribe cuentos y poemas infantiles, y ha logrado romper con su editorial y con todos los lectores al aparecer vestida con un atuendo de sadomasoquista en una firma de libros en que debió leer cuentos y hacerse fotos con los niños de todos los indignados asistentes. Nadie comprende cómo pudo ser que mi hermana hiciera añicos de ese modo la confianza de la gente, mi hermana la encantadora y educada, una dama de pies a cabeza vestida así con apenas tres palmos de cuero negro delante de los niños y tan gratuitamente, ni ella misma se lo explica ni ninguno de la familia, como tampoco nos explicamos ningún otro capítulo impredecible de nuestras vidas, tan desdichadas a veces por culpa de este mal. No hay en nosotros ninguna intención, podría jurar que mi tío se moría por dentro durante aquella fatídica conferencia, podría poner la mano en el fuego y decir que Cristina estaba horrorizada de verse entrar en aquella tienda para hacerse con lencería erótica y un látigo. Es inevitable, de pronto la idea aparece en la mente como una obsesión y allí echa raíces, cualquier intento de evadir el plan es inútil, nos volvemos unos autómatas llenos de ingenio para una trasgresión que no está en nuestra personalidad y que nos llena de angustia. Yo temo por mí mismo, temo que un día me levante por la mañana con Dios sabe qué idea descabellada que ponga en riesgo a todo el equipo de bomberos del que soy jefe. Dígame qué puedo hacer, doctor, si existe alguna medida, una terapia, unas pastillas, electroshock, me someto a lo que sea. No me puedo permitir esta incertidumbre, no puede pasar que mañana me dé por inundar... qué sé yo… el Palacio de Congresos, por ejemplo. Inundar el Congreso, inundarlo, inundar el Congreso, ¿me entiende? No puedo irme mañana a inundar el Congreso con agua a presión, con todos los diputados durante un pleno, y llenarlo todo de agua y mojarlos a todos, hasta que no quede seco ni un romano, ponerlos a todos hasta el culo de agua, ¡hasta el culo de agua, doctor! El Congreso, sí, inundar…

12 de julio de 2010

Brooklyn

Pero cuando me hablas habrás de saber que tu voz tiene que abrirse camino en un concierto multitudinario que resuena en mí. Repentinamente me miras, y el coro se apacigua para dejarte hacer tu soliloquio, your thing, y asumes un momento el peso de la obra que ahora se decide a acompañarte, a tenderte unos acordes sobre los que navegar libremente. Cada uno de tus susurros llega montado sobre una ola de mis pensamientos: por qué otra vez me miras de esa manera, qué te lleva a hablarme de esto ahora, quieres que vuelva a acordarme de las mismas cosas en que tú pensabas hace un rato acodada en la vereda, esas imágenes comunes que ya van siendo frágiles y pesadas y queremos rescatar, pero que ya se están borrando para mi escándalo. Pero cómo puede borrarse un rostro si antes era como una fotografía preciosa que guardábamos celosamente detrás de los ojos, cómo puede algo desaparecer tan sencillamente si por lógica nada cambia y todo es tan perpetuo como el álgebra o la gravedad —yo siempre te hablaba con la lógica de los ojos cerrados, pero también era verdad lo que decías cuando, en un arrebato de empirismo, me señalabas una cana y me contabas aquello de que nunca se bebe dos veces del mismo río, que si Heráclito, que si una noria…—, y cómo puede ser que nos hayamos quedado así con los pies pegados al suelo y oteando el horizonte, murmurando lo de que allí sigue el tren cada vez más lejos, lo de que aún se ve un poco el humo de la locomotora que tiraba de nuestra vida de antes. Sigues hablando y me alcanzas un poco de ese humo, y también la certeza de que en aquel entonces nunca me hablabas así, o sólo lo hacías por escrito para que no se dijera, pues qué férreas se hacían las cadenas de la gente que nos miraba en una época en que siempre le dábamos importancia a todo, cómo nos habían anquilosado con torpes indicaciones de “cómo se ha de vivir”, qué frío era aquel hielo que nos había petrificado a cada uno en un lado de la ciudad; y yo maldiciendo los tejados que se contaban hasta el tuyo, conviviendo con posos de café y papeles fastidiosos, cada vez más papeles que estudiábamos callados en nuestros cuartos todo el tiempo mientras se amontonaban y nos sometían; y eso era la responsabilidad: pensar en esos papeles en lugar de pensar en que te había encontrado muy callada esa mañana, o en lugar de escribirte. Por supuesto que lo hacía de todos modos con incansable apego, porque furtivamente tu nombre se colaba entre esos papeles y entre mi ropa y me hacía perder el hilo de todo. Yo entonces estaba como ido, me planteaba un rompecabezas recurrente cuyas piezas iban transformándose cada vez que me aproximaba a una solución, y esta solución unas veces consistía en la imagen de tus pasos bajando las escaleras para recibirme, pero otras veces era que te reías con algo que yo no podía ver y te perdía la pista.
Mucho después un gigante se armó de un colosal pico para hacer volar en pedazos nuestra vieja conocida torre de Babel, y entonces empezamos a hablar el mismo idioma, y ahora ya sí, ya puedes mirarme y hablarme porque por fin nos hemos entendido, por fin la orquesta ha elegido el mismo tono que tus palabras, y creo que a eso lo llaman armonía, y creo que en algún momento tuvimos que intuir que en eso estaba la belleza. Pero fíjate cómo vuelvo con la música otra vez, siempre tocábamos el mismo tema, siempre la música, siempre Brooklyn, siempre los libros y siempre las películas, siempre todas las distracciones posibles para que no hablaras de ti misma o de si todo aquello estaba bien, de si nos gustaba estar apenas rozándonos con la punta de los dedos mientras algo intentaba alejarnos a rastras. Me exasperaba ese diálogo de vecinos que coinciden en el ascensor, ese saludo impersonal como de ejecutivos de chaqueta y corbata, esas fórmulas para calzarnos dentro de lo corriente; la sangre se me helaba y tenía que alejarme y dedicarme a otros asuntos con la cabeza gacha y pensando: de qué ha servido tanto rompecabezas, no sé escudriñar en tus gestos, no puedo leerte entre líneas, no sirve de nada este terco insomnio si no voy a dar con la frase que me falta esta noche. Después, un día cualquiera, me topaba con tu firma en el buzón y comprobaba que estaba como mojada, y a una centena de tejados de distancia era como verte despertar de un mal sueño con el corazón acelerado y buscándome en la sombra, comprobando a tientas que yo seguía allí para que me hablaras; y había que enjugarte la frente para que te durmieras, y repetirte lo que leíste un día que te había parecido tan hermoso: aquello de que volabas a tal altura en tu avioneta que incluso llegabas a mirar las estrellas por debajo de ti. Sin duda te habrás acordado de eso antes en la vereda cuando me señalabas las constelaciones, y también ahora cuando te pido que continúes, ahora que has querido devolverme aquel humo del horizonte, esta fotografía que para mi escándalo se está borrando detrás de los ojos con lentitud e inexorablemente.

1 de junio de 2010

Rayuela. Capítulo 143

Por la mañana, obstinados todavía en la duermevela que el chirrido horripilante del despertador no alcanzaba a cambiarles por la filosa vigilia, se contaban fielmente los sueños de la noche. Cabeza contra cabeza, acariciándose, confundiendo las piernas y las manos, se esforzaban por traducir con palabras del mundo de fuera todo lo que habían vivido en las horas de tiniebla. A Traveler, un amigo de juventud de Oliveira, lo fascinaban los sueños de Talita, su boca crispada o sonriente según el relato, los gestos y exclamaciones con que lo acentuaba, sus ingenuas conjeturas sobre la razón y el sentido de sus sueños. Después le tocaba a él contar los suyos, y a veces a mitad de un relato sus manos empezaban a acariciarse y pasaban de los sueños al amor, se dormían de nuevo, llegaban tarde a todas partes.
Oyendo a Talita, su voz un poco pegajosa de sueño, mirando su pelo derramado en la almohada, Traveler se asombraba de que todo eso pudiera ser así. Estiraba un dedo, tocaba la sien, la frente de Talita («Y entonces mi hermana era mi tía Irene, pero no estoy segura»), comprobaba la barrera a tan pocos centímetros de su propia cabeza («Y yo estaba desnudo en un pajonal y veía el río lívido que subía, una ola gigantesca…»). Habían dormido con las cabezas tocándose y ahí, en esa inmediatez física, en la coincidencia casi total de las actitudes, las posiciones, el aliento, la misma habitación, la misma almohada, la misma oscuridad, el mismo tictac, los mismos estímulos de la calle y la ciudad, las mismas radiaciones magnéticas, la misma marca de café, la misma conjunción estelar, la misma noche para los dos, ahí estrechamente abrazados, habían soñado sueños distintos, habían vivido aventuras disímiles, el uno había sonreído mientras la otra huía aterrada, el uno había vuelto a rendir un examen de álgebra mientras la otra llegaba a una ciudad de piedras blancas.
En el recuerdo matinal Talita ponía placer o congoja, pero Traveler se obstinaba secretamente en buscar las correspondencias. ¿Cómo era posible que la compañía diurna desembocara inevitablemente en ese divorcio, esa soledad inadmisible del soñante? A veces su imagen formaba parte de los sueños de Talita, o la imagen de Talita compartía el horror de una pesadilla de Traveler. Pero ellos no lo sabían, era necesario que el otro lo contara al despertar: «Entonces vos me agarrabas de la mano y me decías…» Y Traveler descubría que mientras en el sueño de Talita él le había agarrado la mano y le había hablado, en su propio sueño estaba acostado con la mejor amiga de Talita o hablando con el director del circo «Las Estrellas» o nadando en Mar del Plata. La presencia de su fantasma en el sueño ajeno lo rebajaba a un mero material de trabajo, sin prevalencia alguna sobre los maniquíes, las ciudades desconocidas, las estaciones de ferrocarril, las escalinatas, toda la utilería de los simulacros nocturnos. Unido a Talita, envolviéndole la cara y la cabeza con los dedos y los labios, Traveler sentía la barrera infranqueable, la distancia vertiginosa que ni el amor podía salvar. Durante mucho tiempo esperó un milagro, que el sueño de Talita iba a contarle por la mañana fuese también lo que él había soñado. Lo esperó, lo incitó, lo provocó apelando a todas las analogías posibles, buscando semejanzas que bruscamente lo llevaran a un reconocimiento. Sólo una vez, sin que Talita le diera la menor importancia, soñaron sueños análogos. Talita habló de un hotel al que iban ella y su madre y al que había que entrar llevando cada cual su silla. Traveler recordó entonces su sueño: un hotel sin baños, que lo obligaba a cruzar una estación de ferrocarril con una toalla para ir a bañarse a algún lugar impreciso. Se lo dijo: «Casi soñamos el mismo sueño, estábamos en un hotel sin sillas y sin baños». Talita se rió divertida, ya era hora de levantarse, una vergüenza ser tan haraganes.
Traveler siguió confiando y esperando cada vez menos. Los sueños volvieron, cada uno por su lado. Las cabezas dormían tocándose y en cada una se alzaba el telón sobre un escenario diferente. Traveler pensó irónicamente que parecían los cines contiguos de la calle Lavalle, y alejó del todo su esperanza. No tenía ninguna fe en que ocurriera lo que deseaba, y sabía que sin fe no ocurriría. Sabía que sin fe no ocurre nada de lo que debería ocurrir, y con fe casi siempre tampoco.

Julio Cortázar